domingo, 29 de noviembre de 2009

El revisor

Érase una vez un revisor de tren. Cada mañana, como siempre, con el uniforme de la RENFE y una sonrisa dibujada en los labios, un poco de cumplido, sí, pero a pesar de ello amable y sincera en cierto modo, el revisor va pidiéndoles el billete a los pasajeros, siempre anteponiendo una disculpa, como si no le gustara desconfiar, como si no le pagaran para desconfiar, perdone, podría dejarme ver su billete; por supuesto, aquí está; de acuerdo, todo en orden, gracias; de nada; adiós; adiós.

El revisor examina los billetes con cierta rapidez, pero sin acelerarse, sin agobiar, sin que parezca que le va la vida en registrar a todos y cada uno de los pasajeros del tren, como un policía vallecano en plena redada. Al pasear por los vagones, ve caras conocidas, algunas más jóvenes que otras. Los que portan carné de transporte son generalmente universitarios, a muchos los ve a diario, cómo no los va a reconocer, si cogen cada día el mismo tren, el de las ocho y cuatro, y ya ni siquiera se molesta en pedirles la documentación, para qué, si sabe que la tienen aunque no la lleven encima; a veces cruzan un par de palabras, qué tal lo llevas, joven (el revisor podría llamar al estudiante por su nombre, tiene una memoria prodigiosa, pero no lo hace por respeto, casi por humildad, también por si el estudiante se molesta, ya ves qué tontería, pero “joven”, de cualquier modo, es un adjetivo adecuado), bien, aquí con la química a cuestas, qué se le va a hacer; en fin, quién tuviera tu edad para poder estudiar; nunca es tarde; eso lo puedes decir tú, que tienes toda tu vida por delante, yo estoy mayor; no diga usted eso, nunca es tarde; sí, hijo, a veces es tarde, aunque duela reconocerlo, en fin, me voy a seguir revisando, suerte con eso, adiós, joven; adiós.

Bastantes veces le ha ocurrido al revisor encontrarse con gente sin billete ni carné ni bono alguno, y en estos casos es difícil encontrar dos reacciones iguales, algunos protestan al principio por lo bajo, pero acaban pagando; otros, piden disculpas; los menos, se dirigen a él cuando lo ven para pagar honradamente el precio del tique. Y un reducido grupo comienzan a despotricar contra la administración, contra la RENFE y contra los malditos revisores, y se niegan a pagar. Sólo un par de veces en toda su vida le ha tocado soportar situaciones así, de modo que tampoco puede quejarse demasiado.

Si algo ha aprendido el revisor es que no hay dos billetes de tren iguales. Fruto de la experiencia, está capacitado para comprobar la validez de un boleto en un vistazo fugitivo. Arriba, a la derecha, está escrita la fecha y la hora de compra. Si ésta está demasiado próxima a la hora de salida del tren, es fácil deducir que el pasajero ha llegado precipitadamente, al vagón, prácticamente al cierre de las puertas, denota, por tanto, impuntualidad, tal vez despreocupación. A veces el billete está arrugado: con probabilidad, el pasajero está nervioso. El número de billetes arrugados aumenta considerablemente en épocas de exámenes, y en junio a veces resulta difícil leerlos. En otras ocasiones, el cartoncillo está mojado y las letras borrosas, y eso puede significar que está lloviendo, pero, si en un rápido vistazo al exterior, el revisor observa que el día es soleado, el diagnóstico es menos satisfactorio, sobre todo si la humedad va acompañada de ojos llorosos.

Los billetes de tren pueden guardarse en mil sitios diferentes. Hay lectores que los emplean como marcadores de página provisionales; es frecuente que las chicas los saquen del bolso, y los chicos, del bolsillo o de la cartera. Los más despistados no se acuerdan de dónde los han metido, disculpe, señor, un segundo, le juro que lo tengo, pero no sé dónde; tranquilo, sin prisa; es que no sé dónde lo he podido meter…, ah, aquí está, tome; de acuerdo, todo en orden, gracias; de nada; adiós; adiós.

Tampoco es lo mismo un billete de cercanías que uno de larga distancia. Los portadores de los primeros suelen ser trabajadores o los ya mencionados estudiantes, que aprovechan las ventajas del transporte público y evitan los atascos, el no tener dónde estacionar y las demás desventajas de los desplazamientos en automóvil. Los segundos van más allá, tal trabajen más lejos, tal vez vayan a ver a la familia, o, quién sabe, tal vez quieran marcharse lejos, huir de lo cercano, olvidar…

Es curiosa la cantidad de cosas que la gente puede decirnos, consciente o inconscientemente, a través de las pequeñas acciones que realizan. Casi tantas como un billete de tren. Sólo es preciso saber leer entre líneas.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Los límites de la libertad

Si existe o no el destino es algo que todos nos hemos planteado alguna vez. La idea de que nuestro futuro ya está escrito en alguna parte, vete tú a saber dónde, ha sido una constante en el pensamiento humano desde que el mundo es mundo. No obstante, aún no ha habido en la Historia ninguna mente pensante que haya osado demostrar la existencia de algo tan complicado como el destino. Pero la duda sigue ahí, y mientras la idea del determinismo siga ahí, la libertad, de la que tanto oímos hablar a diario en la tele, en la radio, en los periódicos y en la calle, queda completamente en entredicho.

Pero el ser humano ante todo busca la comodidad, y lo cierto es que a todos, o a la mayoría, nos gusta pensar que somos libres a la hora de tomar una decisión. Pero, ¿qué es exactamente la libertad? Para mí, la libertad, si es que existe, y ese punto es importante, es la capacidad, exclusivamente humana, de deliberar para elegir posteriormente una opción entre varias, y tomar decisiones que afectarán a nuestra vida futura. Personalmente, diré que creo en la libertad, pero admito que es pura conveniencia. Es jodido aceptar que estamos determinados a actuar de una forma determinada, valga la redundancia, con todo lo que ello conlleva. Aceptar que en algún lugar del Universo hay algo o alguien que conoce las últimas consecuencias de nuestras “decisiones” (que ya no serían tales) implica necesariamente que no somos libres. Y esto es más serio, porque si no presuponemos la libertad en el hombre, todo se viene abajo. Porque sin libertad no hay responsabilidad, y sin responsabilidad las leyes y las normas dejan de tener sentido. Y con ellas, la sociedad, el Estado, la justicia…, pasan a no ser más que conceptos vacíos de contenido. ¿Qué sentido tiene juzgar a alguien por asesinar brutalmente a otra persona si él estaba determinado, destinado irremediable e inexorablemente a cometer ese crimen?

Toda regla tiene su excepción, y ésta no iba a ser menos. Hemos dicho que la mayoría de nosotros prefiere creer en la libertad (o, al menos, eso supongo yo), pero el determinismo también tiene sus ventajas. Los deterministas pueden eludir su responsabilidad cuando les convenga. Los deterministas no son responsables de sus actos, porque ya estaban destinados a obrar de tal o cual modo, antes de tomar tal o cual decisión. De hecho, todos hemos recurrido alguna vez al determinismo. ¿Quién no se ha justificado con la típica frase de las circunstancias me obligaron?

Pero volvamos a suponer que somos libres. La libertad tiene que tener una serie de limitaciones. No podemos ser totalmente libres, porque eso nos destruiría. Está claro que yo no puedo pegarle una paliza a mi amigo que va paseando a mi lado, por muy cabreado que esté con él. Ni puedo tampoco circular a doscientos por hora en la travesía de mi pueblo, aunque me esté muriendo de ganas de hacerlo. No soy libre para realizar ese tipo de acciones. ¿Por qué?

La respuesta parece clara. En mi opinión, una persona es libre para hacer lo que desee, siempre que sus acciones no limiten o coarten en modo alguno la libertad de los demás. O, como se suele decir más coloquialmente, tu libertad acaba donde empieza la mía.

Esto se ve claro en los ejemplos anteriores. Mi amigo, al que quiero matar de una paliza, tiene derecho a no ser agredido; si lo hago sin que él me dé permiso para hacerlo, estaré limitando su libertad: su libertad para elegir si ser agredido o no. De igual modo, los inocentes habitantes de mi pueblo tienen derecho a vivir más o menos seguros. Si yo conduzco temerariamente estoy limitando ese derecho. Tampoco tengo, por tanto, libertad para hacerlo.

En cambio, esta definición de los límites de la libertad plantea algunos inconvenientes, como casi todas las definiciones. Por ejemplo, si hemos acordado que la libertad es un asunto totalmente humano, y que los animales no son libres (que no lo son), aparentemente no hay nada que me impida ir paseando por la calle y pegarle un puntapié espectacular al primer gato que se me cruce, pues un gato es un animal, y hemos dicho que los animales no tienen libertad alguna que nosotros tengamos que respetar. Otra cosa es que apreciemos, respetemos y protejamos la vida, aunque ésta no sea humana, y consideremos que los animales tienen una serie de “derechos”, y nótense las comillas, careciendo no obstante de libertad natural.

También hay que tener en cuenta que esta concepción de la libertad implica una buena dosis de tolerancia. Tolerancia no sólo hacia lo que nosotros consideramos que está bien, sino a todas las acciones y prácticas que entran dentro de la definición de “libertad” que hemos dado, esto es, “puedo ejercer mi libertad en cualquier circunstancia, excepto si ello afecta a la libertad de otras personas”, aunque dichas acciones y prácticas puedan resultarnos inmorales. Por ejemplo, el suicidio, la eutanasia (siempre que sea incondicionada y acordada, claro está), e incluso toda práctica sexual inocua, por desviada o extraña que pueda parecernos. El aborto, sobre el que debemos reflexionar aquí algún día, es tema aparte, porque donde unos reclaman el derecho de la madre a elegir, otros anteponen el derecho del feto a vivir, luego como mínimo es lícito dudar del aborto como práctica válida y libre.

Vive y deja vivir. Sé libre y deja que los demás también lo sean. Cuando alguien haga algo que creas que está mal, algo con lo que estés en desacuerdo, párate a pensar un momento si con esa acción está afectando a tu libertad, o a la de otra persona. Si la respuesta es “no”, quizá debas pensar que un poco más de tolerancia y un poco menos de prejuicios te harán algo más feliz.

jueves, 22 de octubre de 2009

Todos iguales. Todos diferentes

Desde que nacemos, nuestros padres, nuestra familia, nuestra sociedad en general, nos inculca que todos, sin excepción somos iguales. Iguales ante la ley. Iguales ante Dios. Iguales, al fin y al cabo. Que los chicos son iguales que las chicas. Que los altos merecen el mismo respeto que los más bajitos. Que los homosexuales cuentan con los mismos derechos que los heteros (eso sí, hijo, tú mariconeos, ninguno…).

Para variar, no estoy de acuerdo. Pienso que todo esto es una gran mentira. La igualdad absoluta, entendida tal y como la conocemos ahora, es otra manifestación más de la infinita estupidez humana.

Cada uno de nosotros es único en su especie, es decir, en la especie humana. Nuestro código genético es personal e intransferible, como el bonobús, e incluso en los escasísimos casos de gemelos con idénticas secuencias de ADN, es innegable que cada uno de los hermanos es una persona diferente, con personalidades diferentes, modos de reaccionar diferentes, e incluso, con algo de tiempo, señales físicas diferenciadoras. Tal vez se parezcan. Tal vez sean semejantes, pero nunca serán iguales. Y es que lo que somos; lo que podríamos llamar nuestra alma, no es sino la suma de la información contenida en nuestros genes más el ambiente donde nacemos y nos desarrollamos. Y dentro del ambiente se incluyen factores tan variopintos como el clima, las vivencias personales, la influencia de las personas con quienes convivimos, etcétera. Así, podríamos decir que estamos determinados por un complejo sistema de variables que, debidamente combinadas, nos conforman como personas independientes y diferenciadas del resto.

Mi punto de partida, por tanto, es que todos somos diferentes. Piensa en tu mejor amigo/a. Haz una lista de cosas que tienes con él o ella en común (fíjate en vuestros gustos musicales o cinematográficos, aficiones, series y programas de televisión preferidos…, cualquier cosa que se te ocurra vale). Ahora haz una lista con las cosas que no tenéis en común. Estoy seguro de que la segunda lista te saldrá considerablemente más larga que la primera. Lo que ocurre es que a veces resulta que, casualidades de la vida, nos parecemos en algunos aspectos, y ya nos creemos que eso va a pasar siempre.

Quizá esta postura sea algo radical, y desde luego plantea no pocos inconvenientes. Sin embargo, también elimina unos cuantos problemas. Por ejemplo, pone de manifiesto el absurdo del miedo a lo diferente. Si asumimos que todos somos distintos, no tiene sentido alguno tenerle miedo o aversión a personas de diferente raza, sexo, religión o con distinta ideología u orientación sexual, ya que, si te paras a pensarlo, ellos son tan diferentes a ti como tú a ellos. La diferencia es más justa que la igualdad, porque no hace distinciones. La diferencia nos trata a todos por igual, porque, en el fondo, lo único que todos tenemos en común es que somos diferentes.

Paradojas aparte, hemos dejado reflejado más arriba que esto plantea algunos inconvenientes. Por ejemplo, si no es posible la igualdad, ¿es falso que todos somos iguales ante la ley? Mi respuesta es que sí, es falso. Y el que la ley te sea favorable o no depende de muchos factores: de tu posición social, de si tienes o no enchufes, de la cantidad de fondos de que dispongas para intentar sobornar a los magistrados… Pero incluso suponiendo la existencia de un mundo ideal en el que no se den estas situaciones, seguiría pensando que la ley no es igual para todos. Para empezar, la ley no puede tratarte de igual modo si eres culpable o si eres inocente. Tampoco creo que haya dos delitos exactamente iguales; siempre hay variables: no es lo mismo robar por necesidad que por avaricia (aunque no me voy a parar ahora a pensar si justificaría alguna de las dos motivaciones). Ni siquiera es lo mismo delinquir conscientemente que hacerlo sin conocimiento de causa, o sabiendo sin saber, o bajo una presión externa. Todos estos supuestos contemplados en la ley, y los que no están contemplados, nos dan una idea del punto al que llega nuestra desigualdad.

Pero, entonces, ¿no existe la igualdad?

Sí, es posible que exista, en cierto modo. Reitero lo que expresé unas líneas más arriba: si algo tenemos todos en común es nuestra diferencia. Y es que, como dijo alguien más inteligente que yo, la igualdad consiste en tratar a todos de manera desigual. Yo creo que tiene razón. ¿O no?

domingo, 18 de octubre de 2009

Límites del entendimiento.

La mente humana es a la vez compleja y sencilla. Durante años y años el ser humano ha estudiado y escrito acerca del funcionamiento del cerebro, sus funciones y peculiaridades. Tenemos facultades asombrosamente útiles como la memoria o la capacidad de abstracción, con lo que llegamos a que el cerebro no solo nos mantiene con vida y controla nuestro cuerpo, sino que además sirve para tratar de conocerse a sí mismo.

Así, la inteligencia humana no solo se pregunta por lo que le rodea, su origen y sus causas, sino que también se pregunta sobre sí mismo, creando un tremendo círculo vicioso: pensar en por qué pensamos y para que sirve. Filósofos y demás estudiosos han tratado este tema con sumo cuidado y dedicación, llegando la mayoría a plantearse temas que a nadie se le ocurriría pensar y desarrollar argumentaciones inimaginables sobre la mente humana.

Pero muchas veces podemos olvidarnos de que nuestra mente no deja de ser una pequeñísima parte del universo, cada mente es individual e irrepetible. Podemos incluso plantearnos que nuestras mentes no sean perfectas, que nuestro entendimiento humano tenga ciertas “lagunas” sobre cosas que no podemos explicar o que no podemos conocer simplemente por que se trata de cosas demasiado abstractas para el entendimiento mismo.

En cosas como esta, se plantea algo muy discutido a lo largo de la historia como es el tema de los sucesos paranormales, ante los cuales mucha gente se manifiesta en contra, ya que según este pensamiento, todos los sucesos tienen una base científica explicable que solo ha de ser descubierta. Aquí conviene puntualizar que la ciencia no es sino otro invento de la mente humana cuya pretensión es el conocimiento y el estudio de las realidades desde un punto de vista objetivo, es decir, imparcial y comprensible al nivel de la mente humana y ninguno más.

Quizás convendría entender que la mente humana, sirviéndose de la ciencia y explicaciones que esta da, está limitada a eso. Estos sucesos “paranormales” como los llamamos, pueden deber su explicación a algo sencilla y complejamente ininteligible para el intelecto humano y sus límites. Podemos aceptar realidades ajenas a nuestro entendimiento y comprender la creencia en espíritus, maldiciones e incluso la fe en el mismo Dios, considerado desde diversos puntos de vista en la historia en campos como la Filosofía, Teología, Religión, etc.

Puede existir un punto en la mente humana que permita diferenciar lo explicable de lo inexplicable, ya que aunque si es cierto que en muchas ocasiones estas cosas tienen una explicación razonable o científica para el ser humano, tantas otras quedan sin solución y quedan (ante posibles subdivisiones) dos opciones: negar su existencia o aceptar su existencia desde el punto de vista de que la mente humana, no puede explicar todo debido a sus límites.

Por lo que queda en manos de cada uno de nosotros decidir que creer o no, pero no está de más pararse a pensar si realmente todo lo puede explicar una mente tan compleja y tan sencilla como la nuestra. Nosotros contra el eterno universo, o no.

sábado, 3 de octubre de 2009

Las palabras (I)

Qué invento tan ingenioso, el de las palabras… Y tan necesario e imprescindible hoy en día. Imagínate un mundo sin palabras. Un mundo mudo, un mundo de páginas en blanco, un mundo donde para mencionar alguna cosa hubiera que señalarla con el dedo… Imagínate que quieres referirte al pico Everest, o a Ana Obregón, o a la próstata de tu interlocutor… Sería un tanto incómodo.

Con palabras se han escrito muchas cosas, y muchos son los que han reflexionado sobre ellas y con ellas; pero aún no hemos llegado a comprenderlas del todo, ni mucho menos… Por ejemplo, no podemos saber cuál fue la primera palabra que se inventó… Yo siempre he pensado que la primera palabra que se pronunció fue “¡Ay!”. ¿Por qué? Pues porque los cavernícolas, que al fin y al cabo son los inventores de las palabras, siempre han tenido fama de ser unos brutos, y probablemente se pasaran la vida peleándose y haciéndose daño. Y “¡Ay!” es la forma de expresión de dolor más universal que existe. Pero es una opinión, y se admiten apuestas.

Con las palabras se pueden hacer muchas cosas. Las palabras sirven para hacer cosas bellas, como poesías o canciones… Pero también sirven para insultar, para herir, para etiquetar… Y es que la Tierra está hecha de carbono, hidrógeno y palabras.

Hay palabras justas (igualdad, solidaridad) e injustas (racismo, homofobia); bonitas (cristal, mirlo) y antiestéticas (zarajo, padrastro); graciosas (quinquillero, pedorro) y serias (funeral, enfermedad); cortas (sí) y largas (desoxirribonucleico); positivas (sí) y negativas (no); alegres (¡¡¡fiesta!!!) y tristes (muerte); dolorosas (artritis) y paliativas (aspirina); dubitativas (quizá), seguras de sí mismas (confianza); claras (botijo) y ambiguas (huevo)… También están las intrusas, que han penetrado tan rápidamente en nuestro vocabulario cotidiano, que ya no sabemos si estamos mandando un e-mail o un correo electrónico, si nos estamos manducando un roast-beef o un chuletón de ternera, si tenemos stress o simplemente es que estamos hasta los cojones.

Ahora se está poniendo de moda lo de encuestar acerca de las palabras favoritas. “Amor”, “paz” y otras de este estilo encabezan todas las listas. Pero a mí hay una que me parece especialmente curiosa: la palabra “ojo”. Miradla bien. Observadla con detenimiento. ¿No es la jota una nariz y las oes de los lados los dos ojillos de la cara? El truco funciona también con la versión inglesa del vocablo… sólo que “eye” es una palabra que tiene sueño, o que se acaba de levantar, porque tiene los párpados a medio abrir… Por eso para mí “eye” es una palabra con legañas.

Pero…, ¿dónde quedan las palabras que ya nadie usa? ¿Dónde van? ¿Se olvidan? ¿Existen cementerios de palabras? Las palabras sinónimas…, ¿significan realmente lo mismo? ¿Cuántas palabras quedan por inventar? ¿Es estrictamente cierto que todo necesita tener un nombre? ¿O no...?

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Cómo eres según lo que sea

Como seres humanos, qué tendremos que necesitamos atribuir y dirigir nuestras vidas por cosas de fuera, y una de las que más nos gustan son los horóscopos.

Ateos, cienciólogos, ermitaños, budistas, haruhistas, materialistas, dequeístas, progresistas, listas, maristas, etc… seas lo que seas entre los que te identifiques crean en lo que crean siempre, siempre, siempre existirá quien crea en los horóscopos, la adivinación, etc. Se puede creer o no creer en mil cosas, pero siempre habrá alguien que crea en este gran invento humano.

Amablemente esa señora se ofrece a leerte la mano para decirte cómo esta va a dirigir tu vida: el dinero que vas a tener, tus matrimonios, tus hijos, tu trabajo… ¡Todo está en tu mano! ¿A caso soy yo o esta expresión toma dos sentidos aquí? Pues depende de si crees en la adivinación o no. Puedes entender que realmente tu futuro está escrito en tu palma o pensar por contrario que en tu poder queda lo que quieres hacer con tu vida y nada te lo va a decir. Si acaso… poniéndonos a pensar incluso –a fuerza de esto- a pensar en refranes con manos… ¿Quién realmente conoce algo como la palma de su mano? Seguro que quien inventó la frase no pensó en esta complejidad.

Dejando a un lado temas de adivinación, etc quería hablar sobre esos métodos o como se quieran llamar que te hablan de tu personalidad según tu algo.

Me explico, va desde lo más sencillo hasta lo más complejo, resulta que a día de hoy e ignorándolo podemos conocer a una persona por el color de su camiseta, la marca de pilas que usa en su mp3 (los que llevan bateria ya son la leche) o la cantidad de dentífrico que usan sobre el cepillo (los que lo usen, que tiene que haber de todo). Pregunto yo… ¿En base a que? ¿Si visto de rojo soy violento? ¿Si me peino patrás soy una persona cerrada a nuevas relaciones?

La psicología juega un papel fundamental en la creencia de horóscopos y similares como métodos de adivinación o catalogación de las personas. Esto es por que al leer uno de estos… “criterios” según lo que “somos” nosotros, logramos identificar con mayor facilidad las facultades que por ciencia infusa o coincidencia aparecen en la revista, en el periódico, el correo o el teletexto.

Sin ir más lejos, podemos ir al más antiguo de todos: el horóscopo. Según tu signo zodiacal serás de una manera o de otra… El hecho de haber nacido en un periodo del año u otro determina tu personalidad, eliminando tu libertad de ser tu mismo, según el horóscopo existen unas características clave que te definen. ¿Significa eso que personas como Freddie Mercury y Luis XIV, que comparten horóscopo son identificables principalmente por el hecho de haber nacido en Septiembre, que sean Virgo? ¿O habrá más diferencias que coincidencias en sus seres?

Ese es el factor psicológico en el que interviene el horóscopo o la adivinación, si nos dicen que tenemos una personalidad doble pensaremos: yo tan pronto me enfado como me contento, así que puede que tenga razón, y lo damos como verdadero. Si encontramos diferencias, no les damos importancia, nos fijamos en las coincidencias. A fuerza de esto, se puede creer también que será igualmente válido el hecho de que un horóscopo te diga el futuro, ya vayas a tener suerte en el amor, la familia o el dinero.

Digo yo… ¿el horóscopo te hace o lo haces? ¿Qué libertad le falta a una persona para hacer cuanto él quiera sin que las estrellas se lo digan? ¿Qué enlace guardan los astros con cada persona que nace en este mundo? ¿Con qué sentido nos pueden juzgar?

Al ser esto psicológico, cualquiera de nosotros puede ser un adivino:

Es fácil y divertido, solo tienes que buscar un criterio bonito e inventarte algo relacionado con él para catalogar a la gente. Siempre acertarás de una manera u otra, y es el efecto que causa en nosotros: que se trata de verdadera magia, que todos estamos cortados por el patrón de los astros.

Os pondré un ejemplo.

¿Cómo eres según tu nota musical favorita? Piensa una nota musical y apuntala, compara resultados abajo:

Do: eres una persona que adora ser primero en todo, para ti lo nuevo y lo principal es lo más importante.
Re: eres una persona repetitiva, necesitas reiterar las cosas para sentirte completamente segur@ de algo.
Mi: eres una persona egocéntrica y posesiva, para ti es más importante lo que piensas tu por encima de los demás.
Fa: Tu olor corporal se desprende con fuerza.
Sol: eres una persona alegre y sin preocupaciones, tienes tus momentos altos y bajos, pero siempre te ven brillar.
La: eres laísta.
Si: eres una persona positiva, para ti todo tiene un lado bueno y buscas sacárselo a todo.

Puede que no con todos, pero seguro que con alguno he acertado. Yo he creado este criterio, vosotros podéis hacer otros. La adivinación pues, es un arte muy antiguo en el que se puede creer, o no.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Los disfraces

Las personas somos los seres más extraños que puedes echarte a la cara. Si no, no se explicaría la necesidad, exclusivamente humana, de disfrazarnos continuamente.

Un disfraz, en sentido literal, es un objeto o prenda de vestir que cambia nuestro aspecto físico, de forma que los demás nos ven externamente de forma distinta a como somos en realidad. A veces, un disfraz puede consistir simplemente en una careta, o una máscara que oculte una parte de nuestro rostro, o incluso en un antifaz, que sencillamente esconde nuestros ojos de miradas ajenas. Otras veces, en cambio, los disfraces son de cuerpo entero, de forma que apenas podrían reconocernos con él puesto.

De cualquier modo, los disfraces, en sentido literal, son mentiras de tela que nos ponemos puntualmente en carnavales o fiestas de la misma índole para reírnos y pasárnoslo bien. Pero, como habréis imaginado, no es mi intención hablar aquí de los disfraces “en sentido literal”.

Y es que podemos establecer fácilmente una analogía entre estos disfraces físicos o externos y los disfraces “emocionales” o psicológicos, y aquí es donde entra en juego la innegable rareza humana. Pues algún listillo podría decirme que los disfraces no son algo necesariamente humano, ya que algunas especies de camaleones y otros bichejos similares pueden camuflarse para protegerse de sus depredadores, y esto es un disfraz en toda regla, y ahí sí que estamos de acuerdo. Pero también estaremos de acuerdo, o eso espero, si afirmo que el ser humano es el único animal con la capacidad de reprimir impulsos y atenuar o suprimir deseos, inquietudes e inclinaciones. Y esto, en definitiva, es disfrazar nuestra personalidad. Imagínate que estás en un banquete de boda, o en una comida familiar a la que asiste gente que no conoces de nada (cosa curiosa, por cierto, pero que siempre suele suceder), y te apetece comerte la última croqueta que queda en el plato de las croquetas (¿pero qué cojones tendrá la última croqueta, digo yo, que nunca nadie se la come…?), pero no lo haces porque te da vergüenza, a ver si se van a pensar que soy un gumias, piensas, y te esperas a que llegue otro menos vergonzoso que tú y dé cuenta de la pobre croqueta en tu lugar. Analicemos qué ha pasado. Has dejado de hacer algo que querías hacer, voluntariamente pero a la vez un poco condicionado por una causa externa: la vergüenza, el qué dirán; con el único propósito de evitar que los demás conocieran tu verdadera intención: comerte la maldita croqueta con gula, saboreando hasta el último grumito de jamón, mientras los demás te miran con lágrimas en los ojos y cara de, tío, la quería yo, joder… Si eso no es disfrazar nuestra personalidad, que venga Dios y lo vea.

Podría poner mil ejemplos más. Nos disfrazamos cuando decimos “ya te llamaré”, y en realidad queremos decir “no te llamaría ni aunque me estuviera desangrando y fueras la única persona en el mundo capaz de hacerme una transfusión”. Nos disfrazamos cuando le hacemos la pelota a un profesor para que nos apruebe, o a nuestros padres para que nos den dinero, o a nuestro jefe para que nos suba el sueldo, y en realidad queremos que cumplan nuestros deseos de una vez por todas para acabar cuanto antes con el paripé. Nos disfrazamos cuando tratamos de usted al banquero a quien solicitamos un crédito que sabemos de antemano que no nos van a conceder, aunque en realidad estemos cagándonos en todo su santísimo árbol genealógico en sentido ascendente. Nos disfrazamos cuando invitamos a nuestros amigos de quita y pon a otra ronda aunque en realidad estemos deseando que se vayan a freír monas de una vez por todas. Etcétera.

De lo anterior se deduce que el disfraz más común es la amabilidad. En la inmensa mayoría de las ocasiones, nos mostramos amables porque nos sentimos obligados a ello. Renunciamos a la sinceridad por la amabilidad. Un mundo sin disfraces sería más sincero, más real, pero menos agradable, seguramente, y eso que la amabilidad no es el único disfraz que el ser humano viste habitualmente. Y si no, ahí está el disfraz del amigo desinteresado, el del graciosillo, el del enamorado empedernido, el del falso arrepentido…

Pero no nos entretengamos más de lo necesario, y sigamos con esta extraña analogía. Al igual que los antifaces y las máscaras en el caso de los disfraces que hemos convenido llamar “físicos”, los disfraces emocionales pueden cubrir una parte más o menos pequeña de lo que somos, como ocurría en los ejemplos anteriores, y éstos son los casos más comunes. Pero también puede ocurrir que los disfraces nos cubran de arriba abajo, que no dejen ver lo que somos realmente, a veces quizás algo, una pequeña parte apenas apreciable bajo un repliegue o a través de alguna transparencia, y otras veces nada de nada, decepción total, el disfraz se adapta a nosotros y oculta tan perfectamente nuestra personalidad, psicología y modo de ser, por diferentes que sean ambos (entiéndase, disfraz y personalidad), que resulta totalmente imposible saber qué se oculta detrás. A veces, no obstante, sabemos que una persona va disfrazada, pero somos los demás quienes no nos atrevemos a mirar debajo del disfraz, porque no nos interesa saber lo que hay debajo, o nos da miedo saberlo. Y ahí tenemos a los que, siendo malvados y perversos, se disfrazan de buenas personas, como el simpático pederasta que te regala chupa-chups si tienes menos de seis años,el humilde y servicial obispo que se limpia el culo con crucifijos de oro, o el político que promete el oro y el moro…, y al final sólo nos trae el moro.

Menos común, aunque no por ello inexistente, es el caso contrario, pues hay quienes se disfrazan de rebeldes sin causa cuando en realidad tienen un corazón que no les cabe en el pecho. En los casos más extremos, el disfraz adopta forma de navajas, peleas, drogas y cárcel. Pero siempre se puede dar marcha atrás, o casi siempre, porque a veces vamos tan disfrazados, tan mentidos, que olvidamos quiénes somos…, y olvidar quién eres es lo más peligroso que te puede pasar en la vida.

En cualquier caso, los disfraces, al igual que el tiempo, es un invento humano que no debería existir, pero que se ha convertido en un mal necesario… Yo no puedo ir a mi profesor, que me acaba de suspender injustamente, y decirle que prefiero dispararme en la rodilla a ver la cara de tumor que tiene, por muy a gusto que me quedara y por mucho que realmente lo sintiera… No siempre puedes mostrarte tal como eres, aunque de eso tenemos la culpa nosotros mismos, por habernos inventado los disfraces. Pero a veces pienso que abusamos de esas mentiras llamadas disfraces, y que probablemente el mundo sería un poquito mejor si nos los quitáramos de vez en cuando.

Un saludo.