Querido Alberto, te escribo esta nota unas cuantas horas después de vivir esta historia, pero igualmente la retengo en mi memoria tal y como te la hubiese contado de haberte tenido ahí cuando la viví.
Te parecerá una tontería, o no, pero yo te lo contaré.
Estoy en el pueblo de visita, unos amigos fuimos a una especie de camping a pasar el rato por la noche. Tras haber tenido una interesante charla-debate sobre política y la sociedad y tantas otras cosas me he levantado de la mesa de piedra para ir a tumbarme por ahí a relajarme un poco. Justo ahora estoy echado boca arriba y puedo ver el cielo infinito sobre mí, ese mismo cielo sobre el que tanto hemos debatido tu y yo en el pasado y sobre el cual ya sabes alguna de mis impresiones e inquietudes.
Nada mas tumbarme en aquel rígido suelo de piedra, algo se clavó en mi espalda. Me levanté a ver que era y resultó ser una molesta piedra, un pequeño trozo de pizarra, como las que hay en Valverde. Me detuve a observarla un momento y descubrí que estaba cuidadosamente afilada por dos lados, parecía una improvisada punta de flecha.
Ahora pienso mientras la sostengo en mis manos en quién habrá podido tallar la piedra y para qué. Algo tan duro y cortante pudo resultar útil para cortar la piel de una fruta o abrir un envase, ya que estábamos en un camping. Puede que la hiciese alguien que necesitaba una herramienta concreta para esta función o alguna otra. Puede que fuese casualidad que hubiese acabado ahí, tal vez nadie la talló realmente, o quizás se tratase de una antigua pieza de un objeto parecido a una herramienta más compleja y antigua. Podría ser la punta de una flecha, que hace mucho tiempo formase parte de la colección de tantas otras, para cazar. Podría tener una antigüedad u otra, seguía siendo una maldita piedra que había acabado ahí. Había mil maneras y mil explicaciones posibles que nunca jamás sabre por mucho que piense en ello. O no.
¿Sabes qué hice en el mismo momento en que la noté debajo de mi, tras cogerla pensar todo esto en menos de un segundo?
La tiré, me molestaba. Y no pensé en ningún momento si alguien la volverá a encontrar y si se preguntará algo de esto.
No lo sabré nunca.
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domingo, 8 de agosto de 2010
lunes, 14 de junio de 2010
Música en nuestra vida: Sultans of Swing
A ritmo de los Sultans, puedo escribir sobre ellos. Y es que en más de una ocasión, he comentado a mis amistades más cercanas la simpatía que me despierta la idea de esta banda ficticia que describen los Dire Straits, uno de mis grupos favoritos.
Dentro de esta magnífica y diría que legendaria composición en la historia del Rock, en la cual encontramos algunas de las más originales combinaciones de acordes, punteos y rasgueos; nos situamos no solo en una obra de una calidad altísima, versionada miles de veces no solo por los propios Dire sino por músicos de todo el mundo, sino en una composición que habla de la propia banda en sus inicios.
Y es que la fama no viene sola, y soy defensor de los grupos que no alcanzan la fama de las masas. Una banda de Rock o de cualquier otro género, no es mejor por que la conozca todo el mundo, o por sonar en los 40, lo que tiene que hacer la música es llegar al alma de cada uno.
Sultans of Swing es uno de estos grupillos de músicos con una vida detrás de cada instrumento, tocando cada viernes por la noche en algún bar perdido del sur de Londres. Interpretan su música en un ambiente nocturno, rodeados de borrachos y gente a la que no le importa su música ni ellos mismos, gente incluso que desprecia sus actuaciones. Ellos simplemente, tocan, entre la competencia de las bandas que tocan en otros bares, y puede incluso que sus vidas, el único punto en que se crucen sea el propio grupo. Sabemos que uno de ellos tiene un trabajo de día y no necesita realmente tocar con ellos, pero lo sigue haciendo. Otro es un virtuoso de la guitarra, capaz de tocar el Honky Tonk como si nada.
Dire Straits nos estaba diciendo con este tema que por encima de todo, está la propia música y el músico que disfrute haciéndola y compartiéndola, independientemente de todo lo demás. Nos quiere hacer llegar ese suave sonido que tenía la banda protagonista del tema. Incita a pensar que el éxito no lo es todo mientras tengas la satisfacción personal de acabar tu tarea dando las buenas noches a un público que, te haya hecho más o menos caso, ha estado ahí, con la mínima esperanza de que como mínimo, se encuentre una persona entre el público que aprecie lo que has hecho, y si no, siempre queda uno mismo y los compañeros de la formación.
Puede que los Sultans nunca sonasen en la radio de Londres mientras que Dire Straits salió adelante y fue conociéndose entre la gente. Puede que después de tanto esfuerzo desaparecieran o no saliesen jamás de aquellos baretos de mala muerte, pero su música existió, y esa marca no la podía borrar nadie. Siempre podrán tocar una vez más “Creole”.
Una canción escrita para todos aquellos que saben a ciencia cierta, que la música a fin de cuentas es lo único que importa.
Dentro de esta magnífica y diría que legendaria composición en la historia del Rock, en la cual encontramos algunas de las más originales combinaciones de acordes, punteos y rasgueos; nos situamos no solo en una obra de una calidad altísima, versionada miles de veces no solo por los propios Dire sino por músicos de todo el mundo, sino en una composición que habla de la propia banda en sus inicios.
Y es que la fama no viene sola, y soy defensor de los grupos que no alcanzan la fama de las masas. Una banda de Rock o de cualquier otro género, no es mejor por que la conozca todo el mundo, o por sonar en los 40, lo que tiene que hacer la música es llegar al alma de cada uno.
Sultans of Swing es uno de estos grupillos de músicos con una vida detrás de cada instrumento, tocando cada viernes por la noche en algún bar perdido del sur de Londres. Interpretan su música en un ambiente nocturno, rodeados de borrachos y gente a la que no le importa su música ni ellos mismos, gente incluso que desprecia sus actuaciones. Ellos simplemente, tocan, entre la competencia de las bandas que tocan en otros bares, y puede incluso que sus vidas, el único punto en que se crucen sea el propio grupo. Sabemos que uno de ellos tiene un trabajo de día y no necesita realmente tocar con ellos, pero lo sigue haciendo. Otro es un virtuoso de la guitarra, capaz de tocar el Honky Tonk como si nada.
Dire Straits nos estaba diciendo con este tema que por encima de todo, está la propia música y el músico que disfrute haciéndola y compartiéndola, independientemente de todo lo demás. Nos quiere hacer llegar ese suave sonido que tenía la banda protagonista del tema. Incita a pensar que el éxito no lo es todo mientras tengas la satisfacción personal de acabar tu tarea dando las buenas noches a un público que, te haya hecho más o menos caso, ha estado ahí, con la mínima esperanza de que como mínimo, se encuentre una persona entre el público que aprecie lo que has hecho, y si no, siempre queda uno mismo y los compañeros de la formación.
Puede que los Sultans nunca sonasen en la radio de Londres mientras que Dire Straits salió adelante y fue conociéndose entre la gente. Puede que después de tanto esfuerzo desaparecieran o no saliesen jamás de aquellos baretos de mala muerte, pero su música existió, y esa marca no la podía borrar nadie. Siempre podrán tocar una vez más “Creole”.
Una canción escrita para todos aquellos que saben a ciencia cierta, que la música a fin de cuentas es lo único que importa.
sábado, 20 de marzo de 2010
El tiempo (II) - Oir música
Venia oyendo a Bunbury, y no solo me acorde de un gran amigo oyendo sus frases.
Por primera vez, llevando el coche camino a casa no tenía ganas de llegar y acostarme. De hecho, no tenía ni ganas ni de llegar, y punto. ¿Cuánto tiempo puedes quedarte en la misma carretera en movimiento evitando acabar el camino tocando la meta? Me puse a pensar oyendo esa misma canción en todo lo que había vivido y que claramente describía el tema y me identifiqué. Hubiera querido quedarme toda la noche oyéndola, sin esperar a tener que aparcar el coche delante de mi casa. La canción terminó y empezó a sonar “Buscando una luna” de Extremoduro… Quizás la música me gusta tanto por que me puedo encontrar en ella, las estrofas de una canción pueden “calarte hondo” como decía Bunbury en el tema anterior, era alucinante.
La música, eso sí, es un arte limitado al tiempo, al momento. Para poder disfrutarla, hay que ser consciente que cada nanosegundo que transcurra oyéndola, llegará y se marchará, dejando su huella. Si quieres volver a repetir un solo momento de una canción que te llegue, hay que volver a repetir ese momento, encerrado en el propio tiempo.
Puede incluso haber gente que lo considere perder el tiempo, que oir música te roba los segundos y prefieran gozar el arte de otro modo. Artes no encerradas en el tiempo (no directamente al menos) como la pintura, son un ejemplo, ya que la atención visual la controla uno mismo, no como en la música, ya que este tipo de obra no puedes “mirarla”, solo escucharla en el maldito tiempo. Qué bonito sería poder escuchar música continuamente, no necesariamente tiene que ser una música con letra o estructura, lo importante es saber identificarse en ella. “Un momento se va y no vuelve a pasar”
Sin embargo, una canción que se goce aun siendo conscientes de su limitación, no es muy distinta a un viaje en coche. Sales de un punto para acabar en otro, y vas a llegar quieras o no (a no ser que te detengas, no queriendo aludir males mayores).
Se que esta canción me gusta tanto justo por eso, por que a pesar de estar encerrada en el tiempo, cada vez que invierto el mismo en escucharla atentamente, me transmite esa sensación de compañía, de comprensión, de identificación. Como si hubiera salido de mi propia mente, o como si compartiese la experiencia con el artista.
No se si es que a Robe le pudo pasar lo mismo, pero escuchándole en esta canción puedo oír algo que aun grito en mi interior “Que no pasa nada, ¡que no pasa nada!” Oyendo estos gritos casi rozando el sofoco y el llanto, una mentira a uno mismo, un engaño al propio corazón. Al gritar esto, si realmente Robe lo expresó así a posta, está claro que sí que pasa. Y es donde veo toda la verdad en esta composición.
Es una pena que se acabase. Buscando otras canciones en el disco no encontré ninguna que me apeteciera especialmente oír. Así que volví a oír a un volumen más bajo “Buscando una luna”, ya que entraba por fin en el Pueblo y no quería armar jaleo por las calles con el sonido de mis altavoces. ¿Veis? Mi viaje también llegaba a su fin, cómo evitarlo. No podemos controlar el tiempo ni el corazón, pero podemos aprovecharlo también para sentirnos un poquito acompañados, si oímos música.
O no.
Por primera vez, llevando el coche camino a casa no tenía ganas de llegar y acostarme. De hecho, no tenía ni ganas ni de llegar, y punto. ¿Cuánto tiempo puedes quedarte en la misma carretera en movimiento evitando acabar el camino tocando la meta? Me puse a pensar oyendo esa misma canción en todo lo que había vivido y que claramente describía el tema y me identifiqué. Hubiera querido quedarme toda la noche oyéndola, sin esperar a tener que aparcar el coche delante de mi casa. La canción terminó y empezó a sonar “Buscando una luna” de Extremoduro… Quizás la música me gusta tanto por que me puedo encontrar en ella, las estrofas de una canción pueden “calarte hondo” como decía Bunbury en el tema anterior, era alucinante.
La música, eso sí, es un arte limitado al tiempo, al momento. Para poder disfrutarla, hay que ser consciente que cada nanosegundo que transcurra oyéndola, llegará y se marchará, dejando su huella. Si quieres volver a repetir un solo momento de una canción que te llegue, hay que volver a repetir ese momento, encerrado en el propio tiempo.
Puede incluso haber gente que lo considere perder el tiempo, que oir música te roba los segundos y prefieran gozar el arte de otro modo. Artes no encerradas en el tiempo (no directamente al menos) como la pintura, son un ejemplo, ya que la atención visual la controla uno mismo, no como en la música, ya que este tipo de obra no puedes “mirarla”, solo escucharla en el maldito tiempo. Qué bonito sería poder escuchar música continuamente, no necesariamente tiene que ser una música con letra o estructura, lo importante es saber identificarse en ella. “Un momento se va y no vuelve a pasar”
Sin embargo, una canción que se goce aun siendo conscientes de su limitación, no es muy distinta a un viaje en coche. Sales de un punto para acabar en otro, y vas a llegar quieras o no (a no ser que te detengas, no queriendo aludir males mayores).
Se que esta canción me gusta tanto justo por eso, por que a pesar de estar encerrada en el tiempo, cada vez que invierto el mismo en escucharla atentamente, me transmite esa sensación de compañía, de comprensión, de identificación. Como si hubiera salido de mi propia mente, o como si compartiese la experiencia con el artista.
No se si es que a Robe le pudo pasar lo mismo, pero escuchándole en esta canción puedo oír algo que aun grito en mi interior “Que no pasa nada, ¡que no pasa nada!” Oyendo estos gritos casi rozando el sofoco y el llanto, una mentira a uno mismo, un engaño al propio corazón. Al gritar esto, si realmente Robe lo expresó así a posta, está claro que sí que pasa. Y es donde veo toda la verdad en esta composición.
Es una pena que se acabase. Buscando otras canciones en el disco no encontré ninguna que me apeteciera especialmente oír. Así que volví a oír a un volumen más bajo “Buscando una luna”, ya que entraba por fin en el Pueblo y no quería armar jaleo por las calles con el sonido de mis altavoces. ¿Veis? Mi viaje también llegaba a su fin, cómo evitarlo. No podemos controlar el tiempo ni el corazón, pero podemos aprovecharlo también para sentirnos un poquito acompañados, si oímos música.
O no.
jueves, 22 de octubre de 2009
Todos iguales. Todos diferentes
Desde que nacemos, nuestros padres, nuestra familia, nuestra sociedad en general, nos inculca que todos, sin excepción somos iguales. Iguales ante la ley. Iguales ante Dios. Iguales, al fin y al cabo. Que los chicos son iguales que las chicas. Que los altos merecen el mismo respeto que los más bajitos. Que los homosexuales cuentan con los mismos derechos que los heteros (eso sí, hijo, tú mariconeos, ninguno…).
Para variar, no estoy de acuerdo. Pienso que todo esto es una gran mentira. La igualdad absoluta, entendida tal y como la conocemos ahora, es otra manifestación más de la infinita estupidez humana.
Cada uno de nosotros es único en su especie, es decir, en la especie humana. Nuestro código genético es personal e intransferible, como el bonobús, e incluso en los escasísimos casos de gemelos con idénticas secuencias de ADN, es innegable que cada uno de los hermanos es una persona diferente, con personalidades diferentes, modos de reaccionar diferentes, e incluso, con algo de tiempo, señales físicas diferenciadoras. Tal vez se parezcan. Tal vez sean semejantes, pero nunca serán iguales. Y es que lo que somos; lo que podríamos llamar nuestra alma, no es sino la suma de la información contenida en nuestros genes más el ambiente donde nacemos y nos desarrollamos. Y dentro del ambiente se incluyen factores tan variopintos como el clima, las vivencias personales, la influencia de las personas con quienes convivimos, etcétera. Así, podríamos decir que estamos determinados por un complejo sistema de variables que, debidamente combinadas, nos conforman como personas independientes y diferenciadas del resto.
Mi punto de partida, por tanto, es que todos somos diferentes. Piensa en tu mejor amigo/a. Haz una lista de cosas que tienes con él o ella en común (fíjate en vuestros gustos musicales o cinematográficos, aficiones, series y programas de televisión preferidos…, cualquier cosa que se te ocurra vale). Ahora haz una lista con las cosas que no tenéis en común. Estoy seguro de que la segunda lista te saldrá considerablemente más larga que la primera. Lo que ocurre es que a veces resulta que, casualidades de la vida, nos parecemos en algunos aspectos, y ya nos creemos que eso va a pasar siempre.
Quizá esta postura sea algo radical, y desde luego plantea no pocos inconvenientes. Sin embargo, también elimina unos cuantos problemas. Por ejemplo, pone de manifiesto el absurdo del miedo a lo diferente. Si asumimos que todos somos distintos, no tiene sentido alguno tenerle miedo o aversión a personas de diferente raza, sexo, religión o con distinta ideología u orientación sexual, ya que, si te paras a pensarlo, ellos son tan diferentes a ti como tú a ellos. La diferencia es más justa que la igualdad, porque no hace distinciones. La diferencia nos trata a todos por igual, porque, en el fondo, lo único que todos tenemos en común es que somos diferentes.
Paradojas aparte, hemos dejado reflejado más arriba que esto plantea algunos inconvenientes. Por ejemplo, si no es posible la igualdad, ¿es falso que todos somos iguales ante la ley? Mi respuesta es que sí, es falso. Y el que la ley te sea favorable o no depende de muchos factores: de tu posición social, de si tienes o no enchufes, de la cantidad de fondos de que dispongas para intentar sobornar a los magistrados… Pero incluso suponiendo la existencia de un mundo ideal en el que no se den estas situaciones, seguiría pensando que la ley no es igual para todos. Para empezar, la ley no puede tratarte de igual modo si eres culpable o si eres inocente. Tampoco creo que haya dos delitos exactamente iguales; siempre hay variables: no es lo mismo robar por necesidad que por avaricia (aunque no me voy a parar ahora a pensar si justificaría alguna de las dos motivaciones). Ni siquiera es lo mismo delinquir conscientemente que hacerlo sin conocimiento de causa, o sabiendo sin saber, o bajo una presión externa. Todos estos supuestos contemplados en la ley, y los que no están contemplados, nos dan una idea del punto al que llega nuestra desigualdad.
Pero, entonces, ¿no existe la igualdad?
Sí, es posible que exista, en cierto modo. Reitero lo que expresé unas líneas más arriba: si algo tenemos todos en común es nuestra diferencia. Y es que, como dijo alguien más inteligente que yo, la igualdad consiste en tratar a todos de manera desigual. Yo creo que tiene razón. ¿O no?
Para variar, no estoy de acuerdo. Pienso que todo esto es una gran mentira. La igualdad absoluta, entendida tal y como la conocemos ahora, es otra manifestación más de la infinita estupidez humana.
Cada uno de nosotros es único en su especie, es decir, en la especie humana. Nuestro código genético es personal e intransferible, como el bonobús, e incluso en los escasísimos casos de gemelos con idénticas secuencias de ADN, es innegable que cada uno de los hermanos es una persona diferente, con personalidades diferentes, modos de reaccionar diferentes, e incluso, con algo de tiempo, señales físicas diferenciadoras. Tal vez se parezcan. Tal vez sean semejantes, pero nunca serán iguales. Y es que lo que somos; lo que podríamos llamar nuestra alma, no es sino la suma de la información contenida en nuestros genes más el ambiente donde nacemos y nos desarrollamos. Y dentro del ambiente se incluyen factores tan variopintos como el clima, las vivencias personales, la influencia de las personas con quienes convivimos, etcétera. Así, podríamos decir que estamos determinados por un complejo sistema de variables que, debidamente combinadas, nos conforman como personas independientes y diferenciadas del resto.
Mi punto de partida, por tanto, es que todos somos diferentes. Piensa en tu mejor amigo/a. Haz una lista de cosas que tienes con él o ella en común (fíjate en vuestros gustos musicales o cinematográficos, aficiones, series y programas de televisión preferidos…, cualquier cosa que se te ocurra vale). Ahora haz una lista con las cosas que no tenéis en común. Estoy seguro de que la segunda lista te saldrá considerablemente más larga que la primera. Lo que ocurre es que a veces resulta que, casualidades de la vida, nos parecemos en algunos aspectos, y ya nos creemos que eso va a pasar siempre.
Quizá esta postura sea algo radical, y desde luego plantea no pocos inconvenientes. Sin embargo, también elimina unos cuantos problemas. Por ejemplo, pone de manifiesto el absurdo del miedo a lo diferente. Si asumimos que todos somos distintos, no tiene sentido alguno tenerle miedo o aversión a personas de diferente raza, sexo, religión o con distinta ideología u orientación sexual, ya que, si te paras a pensarlo, ellos son tan diferentes a ti como tú a ellos. La diferencia es más justa que la igualdad, porque no hace distinciones. La diferencia nos trata a todos por igual, porque, en el fondo, lo único que todos tenemos en común es que somos diferentes.
Paradojas aparte, hemos dejado reflejado más arriba que esto plantea algunos inconvenientes. Por ejemplo, si no es posible la igualdad, ¿es falso que todos somos iguales ante la ley? Mi respuesta es que sí, es falso. Y el que la ley te sea favorable o no depende de muchos factores: de tu posición social, de si tienes o no enchufes, de la cantidad de fondos de que dispongas para intentar sobornar a los magistrados… Pero incluso suponiendo la existencia de un mundo ideal en el que no se den estas situaciones, seguiría pensando que la ley no es igual para todos. Para empezar, la ley no puede tratarte de igual modo si eres culpable o si eres inocente. Tampoco creo que haya dos delitos exactamente iguales; siempre hay variables: no es lo mismo robar por necesidad que por avaricia (aunque no me voy a parar ahora a pensar si justificaría alguna de las dos motivaciones). Ni siquiera es lo mismo delinquir conscientemente que hacerlo sin conocimiento de causa, o sabiendo sin saber, o bajo una presión externa. Todos estos supuestos contemplados en la ley, y los que no están contemplados, nos dan una idea del punto al que llega nuestra desigualdad.
Pero, entonces, ¿no existe la igualdad?
Sí, es posible que exista, en cierto modo. Reitero lo que expresé unas líneas más arriba: si algo tenemos todos en común es nuestra diferencia. Y es que, como dijo alguien más inteligente que yo, la igualdad consiste en tratar a todos de manera desigual. Yo creo que tiene razón. ¿O no?
domingo, 18 de octubre de 2009
Límites del entendimiento.
La mente humana es a la vez compleja y sencilla. Durante años y años el ser humano ha estudiado y escrito acerca del funcionamiento del cerebro, sus funciones y peculiaridades. Tenemos facultades asombrosamente útiles como la memoria o la capacidad de abstracción, con lo que llegamos a que el cerebro no solo nos mantiene con vida y controla nuestro cuerpo, sino que además sirve para tratar de conocerse a sí mismo.
Así, la inteligencia humana no solo se pregunta por lo que le rodea, su origen y sus causas, sino que también se pregunta sobre sí mismo, creando un tremendo círculo vicioso: pensar en por qué pensamos y para que sirve. Filósofos y demás estudiosos han tratado este tema con sumo cuidado y dedicación, llegando la mayoría a plantearse temas que a nadie se le ocurriría pensar y desarrollar argumentaciones inimaginables sobre la mente humana.
Pero muchas veces podemos olvidarnos de que nuestra mente no deja de ser una pequeñísima parte del universo, cada mente es individual e irrepetible. Podemos incluso plantearnos que nuestras mentes no sean perfectas, que nuestro entendimiento humano tenga ciertas “lagunas” sobre cosas que no podemos explicar o que no podemos conocer simplemente por que se trata de cosas demasiado abstractas para el entendimiento mismo.
En cosas como esta, se plantea algo muy discutido a lo largo de la historia como es el tema de los sucesos paranormales, ante los cuales mucha gente se manifiesta en contra, ya que según este pensamiento, todos los sucesos tienen una base científica explicable que solo ha de ser descubierta. Aquí conviene puntualizar que la ciencia no es sino otro invento de la mente humana cuya pretensión es el conocimiento y el estudio de las realidades desde un punto de vista objetivo, es decir, imparcial y comprensible al nivel de la mente humana y ninguno más.
Quizás convendría entender que la mente humana, sirviéndose de la ciencia y explicaciones que esta da, está limitada a eso. Estos sucesos “paranormales” como los llamamos, pueden deber su explicación a algo sencilla y complejamente ininteligible para el intelecto humano y sus límites. Podemos aceptar realidades ajenas a nuestro entendimiento y comprender la creencia en espíritus, maldiciones e incluso la fe en el mismo Dios, considerado desde diversos puntos de vista en la historia en campos como la Filosofía, Teología, Religión, etc.
Puede existir un punto en la mente humana que permita diferenciar lo explicable de lo inexplicable, ya que aunque si es cierto que en muchas ocasiones estas cosas tienen una explicación razonable o científica para el ser humano, tantas otras quedan sin solución y quedan (ante posibles subdivisiones) dos opciones: negar su existencia o aceptar su existencia desde el punto de vista de que la mente humana, no puede explicar todo debido a sus límites.
Por lo que queda en manos de cada uno de nosotros decidir que creer o no, pero no está de más pararse a pensar si realmente todo lo puede explicar una mente tan compleja y tan sencilla como la nuestra. Nosotros contra el eterno universo, o no.
Así, la inteligencia humana no solo se pregunta por lo que le rodea, su origen y sus causas, sino que también se pregunta sobre sí mismo, creando un tremendo círculo vicioso: pensar en por qué pensamos y para que sirve. Filósofos y demás estudiosos han tratado este tema con sumo cuidado y dedicación, llegando la mayoría a plantearse temas que a nadie se le ocurriría pensar y desarrollar argumentaciones inimaginables sobre la mente humana.
Pero muchas veces podemos olvidarnos de que nuestra mente no deja de ser una pequeñísima parte del universo, cada mente es individual e irrepetible. Podemos incluso plantearnos que nuestras mentes no sean perfectas, que nuestro entendimiento humano tenga ciertas “lagunas” sobre cosas que no podemos explicar o que no podemos conocer simplemente por que se trata de cosas demasiado abstractas para el entendimiento mismo.
En cosas como esta, se plantea algo muy discutido a lo largo de la historia como es el tema de los sucesos paranormales, ante los cuales mucha gente se manifiesta en contra, ya que según este pensamiento, todos los sucesos tienen una base científica explicable que solo ha de ser descubierta. Aquí conviene puntualizar que la ciencia no es sino otro invento de la mente humana cuya pretensión es el conocimiento y el estudio de las realidades desde un punto de vista objetivo, es decir, imparcial y comprensible al nivel de la mente humana y ninguno más.
Quizás convendría entender que la mente humana, sirviéndose de la ciencia y explicaciones que esta da, está limitada a eso. Estos sucesos “paranormales” como los llamamos, pueden deber su explicación a algo sencilla y complejamente ininteligible para el intelecto humano y sus límites. Podemos aceptar realidades ajenas a nuestro entendimiento y comprender la creencia en espíritus, maldiciones e incluso la fe en el mismo Dios, considerado desde diversos puntos de vista en la historia en campos como la Filosofía, Teología, Religión, etc.
Puede existir un punto en la mente humana que permita diferenciar lo explicable de lo inexplicable, ya que aunque si es cierto que en muchas ocasiones estas cosas tienen una explicación razonable o científica para el ser humano, tantas otras quedan sin solución y quedan (ante posibles subdivisiones) dos opciones: negar su existencia o aceptar su existencia desde el punto de vista de que la mente humana, no puede explicar todo debido a sus límites.
Por lo que queda en manos de cada uno de nosotros decidir que creer o no, pero no está de más pararse a pensar si realmente todo lo puede explicar una mente tan compleja y tan sencilla como la nuestra. Nosotros contra el eterno universo, o no.
sábado, 3 de octubre de 2009
Las palabras (I)
Qué invento tan ingenioso, el de las palabras… Y tan necesario e imprescindible hoy en día. Imagínate un mundo sin palabras. Un mundo mudo, un mundo de páginas en blanco, un mundo donde para mencionar alguna cosa hubiera que señalarla con el dedo… Imagínate que quieres referirte al pico Everest, o a Ana Obregón, o a la próstata de tu interlocutor… Sería un tanto incómodo.
Con palabras se han escrito muchas cosas, y muchos son los que han reflexionado sobre ellas y con ellas; pero aún no hemos llegado a comprenderlas del todo, ni mucho menos… Por ejemplo, no podemos saber cuál fue la primera palabra que se inventó… Yo siempre he pensado que la primera palabra que se pronunció fue “¡Ay!”. ¿Por qué? Pues porque los cavernícolas, que al fin y al cabo son los inventores de las palabras, siempre han tenido fama de ser unos brutos, y probablemente se pasaran la vida peleándose y haciéndose daño. Y “¡Ay!” es la forma de expresión de dolor más universal que existe. Pero es una opinión, y se admiten apuestas.
Con las palabras se pueden hacer muchas cosas. Las palabras sirven para hacer cosas bellas, como poesías o canciones… Pero también sirven para insultar, para herir, para etiquetar… Y es que la Tierra está hecha de carbono, hidrógeno y palabras.
Hay palabras justas (igualdad, solidaridad) e injustas (racismo, homofobia); bonitas (cristal, mirlo) y antiestéticas (zarajo, padrastro); graciosas (quinquillero, pedorro) y serias (funeral, enfermedad); cortas (sí) y largas (desoxirribonucleico); positivas (sí) y negativas (no); alegres (¡¡¡fiesta!!!) y tristes (muerte); dolorosas (artritis) y paliativas (aspirina); dubitativas (quizá), seguras de sí mismas (confianza); claras (botijo) y ambiguas (huevo)… También están las intrusas, que han penetrado tan rápidamente en nuestro vocabulario cotidiano, que ya no sabemos si estamos mandando un e-mail o un correo electrónico, si nos estamos manducando un roast-beef o un chuletón de ternera, si tenemos stress o simplemente es que estamos hasta los cojones.
Ahora se está poniendo de moda lo de encuestar acerca de las palabras favoritas. “Amor”, “paz” y otras de este estilo encabezan todas las listas. Pero a mí hay una que me parece especialmente curiosa: la palabra “ojo”. Miradla bien. Observadla con detenimiento. ¿No es la jota una nariz y las oes de los lados los dos ojillos de la cara? El truco funciona también con la versión inglesa del vocablo… sólo que “eye” es una palabra que tiene sueño, o que se acaba de levantar, porque tiene los párpados a medio abrir… Por eso para mí “eye” es una palabra con legañas.
Pero…, ¿dónde quedan las palabras que ya nadie usa? ¿Dónde van? ¿Se olvidan? ¿Existen cementerios de palabras? Las palabras sinónimas…, ¿significan realmente lo mismo? ¿Cuántas palabras quedan por inventar? ¿Es estrictamente cierto que todo necesita tener un nombre? ¿O no...?
Con palabras se han escrito muchas cosas, y muchos son los que han reflexionado sobre ellas y con ellas; pero aún no hemos llegado a comprenderlas del todo, ni mucho menos… Por ejemplo, no podemos saber cuál fue la primera palabra que se inventó… Yo siempre he pensado que la primera palabra que se pronunció fue “¡Ay!”. ¿Por qué? Pues porque los cavernícolas, que al fin y al cabo son los inventores de las palabras, siempre han tenido fama de ser unos brutos, y probablemente se pasaran la vida peleándose y haciéndose daño. Y “¡Ay!” es la forma de expresión de dolor más universal que existe. Pero es una opinión, y se admiten apuestas.
Con las palabras se pueden hacer muchas cosas. Las palabras sirven para hacer cosas bellas, como poesías o canciones… Pero también sirven para insultar, para herir, para etiquetar… Y es que la Tierra está hecha de carbono, hidrógeno y palabras.
Hay palabras justas (igualdad, solidaridad) e injustas (racismo, homofobia); bonitas (cristal, mirlo) y antiestéticas (zarajo, padrastro); graciosas (quinquillero, pedorro) y serias (funeral, enfermedad); cortas (sí) y largas (desoxirribonucleico); positivas (sí) y negativas (no); alegres (¡¡¡fiesta!!!) y tristes (muerte); dolorosas (artritis) y paliativas (aspirina); dubitativas (quizá), seguras de sí mismas (confianza); claras (botijo) y ambiguas (huevo)… También están las intrusas, que han penetrado tan rápidamente en nuestro vocabulario cotidiano, que ya no sabemos si estamos mandando un e-mail o un correo electrónico, si nos estamos manducando un roast-beef o un chuletón de ternera, si tenemos stress o simplemente es que estamos hasta los cojones.
Ahora se está poniendo de moda lo de encuestar acerca de las palabras favoritas. “Amor”, “paz” y otras de este estilo encabezan todas las listas. Pero a mí hay una que me parece especialmente curiosa: la palabra “ojo”. Miradla bien. Observadla con detenimiento. ¿No es la jota una nariz y las oes de los lados los dos ojillos de la cara? El truco funciona también con la versión inglesa del vocablo… sólo que “eye” es una palabra que tiene sueño, o que se acaba de levantar, porque tiene los párpados a medio abrir… Por eso para mí “eye” es una palabra con legañas.
Pero…, ¿dónde quedan las palabras que ya nadie usa? ¿Dónde van? ¿Se olvidan? ¿Existen cementerios de palabras? Las palabras sinónimas…, ¿significan realmente lo mismo? ¿Cuántas palabras quedan por inventar? ¿Es estrictamente cierto que todo necesita tener un nombre? ¿O no...?
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Cómo eres según lo que sea
Como seres humanos, qué tendremos que necesitamos atribuir y dirigir nuestras vidas por cosas de fuera, y una de las que más nos gustan son los horóscopos.
Ateos, cienciólogos, ermitaños, budistas, haruhistas, materialistas, dequeístas, progresistas, listas, maristas, etc… seas lo que seas entre los que te identifiques crean en lo que crean siempre, siempre, siempre existirá quien crea en los horóscopos, la adivinación, etc. Se puede creer o no creer en mil cosas, pero siempre habrá alguien que crea en este gran invento humano.
Amablemente esa señora se ofrece a leerte la mano para decirte cómo esta va a dirigir tu vida: el dinero que vas a tener, tus matrimonios, tus hijos, tu trabajo… ¡Todo está en tu mano! ¿A caso soy yo o esta expresión toma dos sentidos aquí? Pues depende de si crees en la adivinación o no. Puedes entender que realmente tu futuro está escrito en tu palma o pensar por contrario que en tu poder queda lo que quieres hacer con tu vida y nada te lo va a decir. Si acaso… poniéndonos a pensar incluso –a fuerza de esto- a pensar en refranes con manos… ¿Quién realmente conoce algo como la palma de su mano? Seguro que quien inventó la frase no pensó en esta complejidad.
Dejando a un lado temas de adivinación, etc quería hablar sobre esos métodos o como se quieran llamar que te hablan de tu personalidad según tu algo.
Me explico, va desde lo más sencillo hasta lo más complejo, resulta que a día de hoy e ignorándolo podemos conocer a una persona por el color de su camiseta, la marca de pilas que usa en su mp3 (los que llevan bateria ya son la leche) o la cantidad de dentífrico que usan sobre el cepillo (los que lo usen, que tiene que haber de todo). Pregunto yo… ¿En base a que? ¿Si visto de rojo soy violento? ¿Si me peino patrás soy una persona cerrada a nuevas relaciones?
La psicología juega un papel fundamental en la creencia de horóscopos y similares como métodos de adivinación o catalogación de las personas. Esto es por que al leer uno de estos… “criterios” según lo que “somos” nosotros, logramos identificar con mayor facilidad las facultades que por ciencia infusa o coincidencia aparecen en la revista, en el periódico, el correo o el teletexto.
Sin ir más lejos, podemos ir al más antiguo de todos: el horóscopo. Según tu signo zodiacal serás de una manera o de otra… El hecho de haber nacido en un periodo del año u otro determina tu personalidad, eliminando tu libertad de ser tu mismo, según el horóscopo existen unas características clave que te definen. ¿Significa eso que personas como Freddie Mercury y Luis XIV, que comparten horóscopo son identificables principalmente por el hecho de haber nacido en Septiembre, que sean Virgo? ¿O habrá más diferencias que coincidencias en sus seres?
Ese es el factor psicológico en el que interviene el horóscopo o la adivinación, si nos dicen que tenemos una personalidad doble pensaremos: yo tan pronto me enfado como me contento, así que puede que tenga razón, y lo damos como verdadero. Si encontramos diferencias, no les damos importancia, nos fijamos en las coincidencias. A fuerza de esto, se puede creer también que será igualmente válido el hecho de que un horóscopo te diga el futuro, ya vayas a tener suerte en el amor, la familia o el dinero.
Digo yo… ¿el horóscopo te hace o lo haces? ¿Qué libertad le falta a una persona para hacer cuanto él quiera sin que las estrellas se lo digan? ¿Qué enlace guardan los astros con cada persona que nace en este mundo? ¿Con qué sentido nos pueden juzgar?
Al ser esto psicológico, cualquiera de nosotros puede ser un adivino:
Es fácil y divertido, solo tienes que buscar un criterio bonito e inventarte algo relacionado con él para catalogar a la gente. Siempre acertarás de una manera u otra, y es el efecto que causa en nosotros: que se trata de verdadera magia, que todos estamos cortados por el patrón de los astros.
Os pondré un ejemplo.
¿Cómo eres según tu nota musical favorita? Piensa una nota musical y apuntala, compara resultados abajo:
Do: eres una persona que adora ser primero en todo, para ti lo nuevo y lo principal es lo más importante.
Re: eres una persona repetitiva, necesitas reiterar las cosas para sentirte completamente segur@ de algo.
Mi: eres una persona egocéntrica y posesiva, para ti es más importante lo que piensas tu por encima de los demás.
Fa: Tu olor corporal se desprende con fuerza.
Sol: eres una persona alegre y sin preocupaciones, tienes tus momentos altos y bajos, pero siempre te ven brillar.
La: eres laísta.
Si: eres una persona positiva, para ti todo tiene un lado bueno y buscas sacárselo a todo.
Puede que no con todos, pero seguro que con alguno he acertado. Yo he creado este criterio, vosotros podéis hacer otros. La adivinación pues, es un arte muy antiguo en el que se puede creer, o no.
Ateos, cienciólogos, ermitaños, budistas, haruhistas, materialistas, dequeístas, progresistas, listas, maristas, etc… seas lo que seas entre los que te identifiques crean en lo que crean siempre, siempre, siempre existirá quien crea en los horóscopos, la adivinación, etc. Se puede creer o no creer en mil cosas, pero siempre habrá alguien que crea en este gran invento humano.
Amablemente esa señora se ofrece a leerte la mano para decirte cómo esta va a dirigir tu vida: el dinero que vas a tener, tus matrimonios, tus hijos, tu trabajo… ¡Todo está en tu mano! ¿A caso soy yo o esta expresión toma dos sentidos aquí? Pues depende de si crees en la adivinación o no. Puedes entender que realmente tu futuro está escrito en tu palma o pensar por contrario que en tu poder queda lo que quieres hacer con tu vida y nada te lo va a decir. Si acaso… poniéndonos a pensar incluso –a fuerza de esto- a pensar en refranes con manos… ¿Quién realmente conoce algo como la palma de su mano? Seguro que quien inventó la frase no pensó en esta complejidad.
Dejando a un lado temas de adivinación, etc quería hablar sobre esos métodos o como se quieran llamar que te hablan de tu personalidad según tu algo.
Me explico, va desde lo más sencillo hasta lo más complejo, resulta que a día de hoy e ignorándolo podemos conocer a una persona por el color de su camiseta, la marca de pilas que usa en su mp3 (los que llevan bateria ya son la leche) o la cantidad de dentífrico que usan sobre el cepillo (los que lo usen, que tiene que haber de todo). Pregunto yo… ¿En base a que? ¿Si visto de rojo soy violento? ¿Si me peino patrás soy una persona cerrada a nuevas relaciones?
La psicología juega un papel fundamental en la creencia de horóscopos y similares como métodos de adivinación o catalogación de las personas. Esto es por que al leer uno de estos… “criterios” según lo que “somos” nosotros, logramos identificar con mayor facilidad las facultades que por ciencia infusa o coincidencia aparecen en la revista, en el periódico, el correo o el teletexto.
Sin ir más lejos, podemos ir al más antiguo de todos: el horóscopo. Según tu signo zodiacal serás de una manera o de otra… El hecho de haber nacido en un periodo del año u otro determina tu personalidad, eliminando tu libertad de ser tu mismo, según el horóscopo existen unas características clave que te definen. ¿Significa eso que personas como Freddie Mercury y Luis XIV, que comparten horóscopo son identificables principalmente por el hecho de haber nacido en Septiembre, que sean Virgo? ¿O habrá más diferencias que coincidencias en sus seres?
Ese es el factor psicológico en el que interviene el horóscopo o la adivinación, si nos dicen que tenemos una personalidad doble pensaremos: yo tan pronto me enfado como me contento, así que puede que tenga razón, y lo damos como verdadero. Si encontramos diferencias, no les damos importancia, nos fijamos en las coincidencias. A fuerza de esto, se puede creer también que será igualmente válido el hecho de que un horóscopo te diga el futuro, ya vayas a tener suerte en el amor, la familia o el dinero.
Digo yo… ¿el horóscopo te hace o lo haces? ¿Qué libertad le falta a una persona para hacer cuanto él quiera sin que las estrellas se lo digan? ¿Qué enlace guardan los astros con cada persona que nace en este mundo? ¿Con qué sentido nos pueden juzgar?
Al ser esto psicológico, cualquiera de nosotros puede ser un adivino:
Es fácil y divertido, solo tienes que buscar un criterio bonito e inventarte algo relacionado con él para catalogar a la gente. Siempre acertarás de una manera u otra, y es el efecto que causa en nosotros: que se trata de verdadera magia, que todos estamos cortados por el patrón de los astros.
Os pondré un ejemplo.
¿Cómo eres según tu nota musical favorita? Piensa una nota musical y apuntala, compara resultados abajo:
Do: eres una persona que adora ser primero en todo, para ti lo nuevo y lo principal es lo más importante.
Re: eres una persona repetitiva, necesitas reiterar las cosas para sentirte completamente segur@ de algo.
Mi: eres una persona egocéntrica y posesiva, para ti es más importante lo que piensas tu por encima de los demás.
Fa: Tu olor corporal se desprende con fuerza.
Sol: eres una persona alegre y sin preocupaciones, tienes tus momentos altos y bajos, pero siempre te ven brillar.
La: eres laísta.
Si: eres una persona positiva, para ti todo tiene un lado bueno y buscas sacárselo a todo.
Puede que no con todos, pero seguro que con alguno he acertado. Yo he creado este criterio, vosotros podéis hacer otros. La adivinación pues, es un arte muy antiguo en el que se puede creer, o no.
sábado, 19 de septiembre de 2009
Los disfraces
Las personas somos los seres más extraños que puedes echarte a la cara. Si no, no se explicaría la necesidad, exclusivamente humana, de disfrazarnos continuamente.
Un disfraz, en sentido literal, es un objeto o prenda de vestir que cambia nuestro aspecto físico, de forma que los demás nos ven externamente de forma distinta a como somos en realidad. A veces, un disfraz puede consistir simplemente en una careta, o una máscara que oculte una parte de nuestro rostro, o incluso en un antifaz, que sencillamente esconde nuestros ojos de miradas ajenas. Otras veces, en cambio, los disfraces son de cuerpo entero, de forma que apenas podrían reconocernos con él puesto.
De cualquier modo, los disfraces, en sentido literal, son mentiras de tela que nos ponemos puntualmente en carnavales o fiestas de la misma índole para reírnos y pasárnoslo bien. Pero, como habréis imaginado, no es mi intención hablar aquí de los disfraces “en sentido literal”.
Y es que podemos establecer fácilmente una analogía entre estos disfraces físicos o externos y los disfraces “emocionales” o psicológicos, y aquí es donde entra en juego la innegable rareza humana. Pues algún listillo podría decirme que los disfraces no son algo necesariamente humano, ya que algunas especies de camaleones y otros bichejos similares pueden camuflarse para protegerse de sus depredadores, y esto es un disfraz en toda regla, y ahí sí que estamos de acuerdo. Pero también estaremos de acuerdo, o eso espero, si afirmo que el ser humano es el único animal con la capacidad de reprimir impulsos y atenuar o suprimir deseos, inquietudes e inclinaciones. Y esto, en definitiva, es disfrazar nuestra personalidad. Imagínate que estás en un banquete de boda, o en una comida familiar a la que asiste gente que no conoces de nada (cosa curiosa, por cierto, pero que siempre suele suceder), y te apetece comerte la última croqueta que queda en el plato de las croquetas (¿pero qué cojones tendrá la última croqueta, digo yo, que nunca nadie se la come…?), pero no lo haces porque te da vergüenza, a ver si se van a pensar que soy un gumias, piensas, y te esperas a que llegue otro menos vergonzoso que tú y dé cuenta de la pobre croqueta en tu lugar. Analicemos qué ha pasado. Has dejado de hacer algo que querías hacer, voluntariamente pero a la vez un poco condicionado por una causa externa: la vergüenza, el qué dirán; con el único propósito de evitar que los demás conocieran tu verdadera intención: comerte la maldita croqueta con gula, saboreando hasta el último grumito de jamón, mientras los demás te miran con lágrimas en los ojos y cara de, tío, la quería yo, joder… Si eso no es disfrazar nuestra personalidad, que venga Dios y lo vea.
Podría poner mil ejemplos más. Nos disfrazamos cuando decimos “ya te llamaré”, y en realidad queremos decir “no te llamaría ni aunque me estuviera desangrando y fueras la única persona en el mundo capaz de hacerme una transfusión”. Nos disfrazamos cuando le hacemos la pelota a un profesor para que nos apruebe, o a nuestros padres para que nos den dinero, o a nuestro jefe para que nos suba el sueldo, y en realidad queremos que cumplan nuestros deseos de una vez por todas para acabar cuanto antes con el paripé. Nos disfrazamos cuando tratamos de usted al banquero a quien solicitamos un crédito que sabemos de antemano que no nos van a conceder, aunque en realidad estemos cagándonos en todo su santísimo árbol genealógico en sentido ascendente. Nos disfrazamos cuando invitamos a nuestros amigos de quita y pon a otra ronda aunque en realidad estemos deseando que se vayan a freír monas de una vez por todas. Etcétera.
De lo anterior se deduce que el disfraz más común es la amabilidad. En la inmensa mayoría de las ocasiones, nos mostramos amables porque nos sentimos obligados a ello. Renunciamos a la sinceridad por la amabilidad. Un mundo sin disfraces sería más sincero, más real, pero menos agradable, seguramente, y eso que la amabilidad no es el único disfraz que el ser humano viste habitualmente. Y si no, ahí está el disfraz del amigo desinteresado, el del graciosillo, el del enamorado empedernido, el del falso arrepentido…
Pero no nos entretengamos más de lo necesario, y sigamos con esta extraña analogía. Al igual que los antifaces y las máscaras en el caso de los disfraces que hemos convenido llamar “físicos”, los disfraces emocionales pueden cubrir una parte más o menos pequeña de lo que somos, como ocurría en los ejemplos anteriores, y éstos son los casos más comunes. Pero también puede ocurrir que los disfraces nos cubran de arriba abajo, que no dejen ver lo que somos realmente, a veces quizás algo, una pequeña parte apenas apreciable bajo un repliegue o a través de alguna transparencia, y otras veces nada de nada, decepción total, el disfraz se adapta a nosotros y oculta tan perfectamente nuestra personalidad, psicología y modo de ser, por diferentes que sean ambos (entiéndase, disfraz y personalidad), que resulta totalmente imposible saber qué se oculta detrás. A veces, no obstante, sabemos que una persona va disfrazada, pero somos los demás quienes no nos atrevemos a mirar debajo del disfraz, porque no nos interesa saber lo que hay debajo, o nos da miedo saberlo. Y ahí tenemos a los que, siendo malvados y perversos, se disfrazan de buenas personas, como el simpático pederasta que te regala chupa-chups si tienes menos de seis años,el humilde y servicial obispo que se limpia el culo con crucifijos de oro, o el político que promete el oro y el moro…, y al final sólo nos trae el moro.
Menos común, aunque no por ello inexistente, es el caso contrario, pues hay quienes se disfrazan de rebeldes sin causa cuando en realidad tienen un corazón que no les cabe en el pecho. En los casos más extremos, el disfraz adopta forma de navajas, peleas, drogas y cárcel. Pero siempre se puede dar marcha atrás, o casi siempre, porque a veces vamos tan disfrazados, tan mentidos, que olvidamos quiénes somos…, y olvidar quién eres es lo más peligroso que te puede pasar en la vida.
En cualquier caso, los disfraces, al igual que el tiempo, es un invento humano que no debería existir, pero que se ha convertido en un mal necesario… Yo no puedo ir a mi profesor, que me acaba de suspender injustamente, y decirle que prefiero dispararme en la rodilla a ver la cara de tumor que tiene, por muy a gusto que me quedara y por mucho que realmente lo sintiera… No siempre puedes mostrarte tal como eres, aunque de eso tenemos la culpa nosotros mismos, por habernos inventado los disfraces. Pero a veces pienso que abusamos de esas mentiras llamadas disfraces, y que probablemente el mundo sería un poquito mejor si nos los quitáramos de vez en cuando.
Un saludo.
Un disfraz, en sentido literal, es un objeto o prenda de vestir que cambia nuestro aspecto físico, de forma que los demás nos ven externamente de forma distinta a como somos en realidad. A veces, un disfraz puede consistir simplemente en una careta, o una máscara que oculte una parte de nuestro rostro, o incluso en un antifaz, que sencillamente esconde nuestros ojos de miradas ajenas. Otras veces, en cambio, los disfraces son de cuerpo entero, de forma que apenas podrían reconocernos con él puesto.
De cualquier modo, los disfraces, en sentido literal, son mentiras de tela que nos ponemos puntualmente en carnavales o fiestas de la misma índole para reírnos y pasárnoslo bien. Pero, como habréis imaginado, no es mi intención hablar aquí de los disfraces “en sentido literal”.
Y es que podemos establecer fácilmente una analogía entre estos disfraces físicos o externos y los disfraces “emocionales” o psicológicos, y aquí es donde entra en juego la innegable rareza humana. Pues algún listillo podría decirme que los disfraces no son algo necesariamente humano, ya que algunas especies de camaleones y otros bichejos similares pueden camuflarse para protegerse de sus depredadores, y esto es un disfraz en toda regla, y ahí sí que estamos de acuerdo. Pero también estaremos de acuerdo, o eso espero, si afirmo que el ser humano es el único animal con la capacidad de reprimir impulsos y atenuar o suprimir deseos, inquietudes e inclinaciones. Y esto, en definitiva, es disfrazar nuestra personalidad. Imagínate que estás en un banquete de boda, o en una comida familiar a la que asiste gente que no conoces de nada (cosa curiosa, por cierto, pero que siempre suele suceder), y te apetece comerte la última croqueta que queda en el plato de las croquetas (¿pero qué cojones tendrá la última croqueta, digo yo, que nunca nadie se la come…?), pero no lo haces porque te da vergüenza, a ver si se van a pensar que soy un gumias, piensas, y te esperas a que llegue otro menos vergonzoso que tú y dé cuenta de la pobre croqueta en tu lugar. Analicemos qué ha pasado. Has dejado de hacer algo que querías hacer, voluntariamente pero a la vez un poco condicionado por una causa externa: la vergüenza, el qué dirán; con el único propósito de evitar que los demás conocieran tu verdadera intención: comerte la maldita croqueta con gula, saboreando hasta el último grumito de jamón, mientras los demás te miran con lágrimas en los ojos y cara de, tío, la quería yo, joder… Si eso no es disfrazar nuestra personalidad, que venga Dios y lo vea.
Podría poner mil ejemplos más. Nos disfrazamos cuando decimos “ya te llamaré”, y en realidad queremos decir “no te llamaría ni aunque me estuviera desangrando y fueras la única persona en el mundo capaz de hacerme una transfusión”. Nos disfrazamos cuando le hacemos la pelota a un profesor para que nos apruebe, o a nuestros padres para que nos den dinero, o a nuestro jefe para que nos suba el sueldo, y en realidad queremos que cumplan nuestros deseos de una vez por todas para acabar cuanto antes con el paripé. Nos disfrazamos cuando tratamos de usted al banquero a quien solicitamos un crédito que sabemos de antemano que no nos van a conceder, aunque en realidad estemos cagándonos en todo su santísimo árbol genealógico en sentido ascendente. Nos disfrazamos cuando invitamos a nuestros amigos de quita y pon a otra ronda aunque en realidad estemos deseando que se vayan a freír monas de una vez por todas. Etcétera.
De lo anterior se deduce que el disfraz más común es la amabilidad. En la inmensa mayoría de las ocasiones, nos mostramos amables porque nos sentimos obligados a ello. Renunciamos a la sinceridad por la amabilidad. Un mundo sin disfraces sería más sincero, más real, pero menos agradable, seguramente, y eso que la amabilidad no es el único disfraz que el ser humano viste habitualmente. Y si no, ahí está el disfraz del amigo desinteresado, el del graciosillo, el del enamorado empedernido, el del falso arrepentido…
Pero no nos entretengamos más de lo necesario, y sigamos con esta extraña analogía. Al igual que los antifaces y las máscaras en el caso de los disfraces que hemos convenido llamar “físicos”, los disfraces emocionales pueden cubrir una parte más o menos pequeña de lo que somos, como ocurría en los ejemplos anteriores, y éstos son los casos más comunes. Pero también puede ocurrir que los disfraces nos cubran de arriba abajo, que no dejen ver lo que somos realmente, a veces quizás algo, una pequeña parte apenas apreciable bajo un repliegue o a través de alguna transparencia, y otras veces nada de nada, decepción total, el disfraz se adapta a nosotros y oculta tan perfectamente nuestra personalidad, psicología y modo de ser, por diferentes que sean ambos (entiéndase, disfraz y personalidad), que resulta totalmente imposible saber qué se oculta detrás. A veces, no obstante, sabemos que una persona va disfrazada, pero somos los demás quienes no nos atrevemos a mirar debajo del disfraz, porque no nos interesa saber lo que hay debajo, o nos da miedo saberlo. Y ahí tenemos a los que, siendo malvados y perversos, se disfrazan de buenas personas, como el simpático pederasta que te regala chupa-chups si tienes menos de seis años,el humilde y servicial obispo que se limpia el culo con crucifijos de oro, o el político que promete el oro y el moro…, y al final sólo nos trae el moro.
Menos común, aunque no por ello inexistente, es el caso contrario, pues hay quienes se disfrazan de rebeldes sin causa cuando en realidad tienen un corazón que no les cabe en el pecho. En los casos más extremos, el disfraz adopta forma de navajas, peleas, drogas y cárcel. Pero siempre se puede dar marcha atrás, o casi siempre, porque a veces vamos tan disfrazados, tan mentidos, que olvidamos quiénes somos…, y olvidar quién eres es lo más peligroso que te puede pasar en la vida.
En cualquier caso, los disfraces, al igual que el tiempo, es un invento humano que no debería existir, pero que se ha convertido en un mal necesario… Yo no puedo ir a mi profesor, que me acaba de suspender injustamente, y decirle que prefiero dispararme en la rodilla a ver la cara de tumor que tiene, por muy a gusto que me quedara y por mucho que realmente lo sintiera… No siempre puedes mostrarte tal como eres, aunque de eso tenemos la culpa nosotros mismos, por habernos inventado los disfraces. Pero a veces pienso que abusamos de esas mentiras llamadas disfraces, y que probablemente el mundo sería un poquito mejor si nos los quitáramos de vez en cuando.
Un saludo.
sábado, 5 de septiembre de 2009
El tiempo (I)
Suena el despertador. Te despiertas, el molesto zumbido te traspasa el alma y el cerebro. Son las [inserta aquí la hora a la que te despiertas normalmente], es pronto todavía, aún no han puesto ni las calles, voy a dormir dos minutitos más, piensas, mientras tus párpados se caen y las legañas hacen las veces de pegamento.
Media hora después te incorporas de golpe. Por algún extraño motivo que la razón humana no alcanza a entender, el despertador se ha desprogramado y se ha negado a sonar de nuevo. Llegas tarde. Llegas media hora tarde. Despertarte, vestirte, abrir la puerta y salir corriendo cortando el aire como un rayo es todo uno. Y en el coche, o en el autobús, o en el tren, o en el trolebús, o en el que sea tu medio de transporte habitual, piensas en la pedazo de peta que tu profesor, o tu jefe, o tu novio/a, o quienquiera que sea con quien hayas quedado, te va a echar encima por tu improcedente, imperdonable e injustificado retraso.
Te voy a decir algo. De entre todos los inventos absurdos, ridículos e inservibles que ha parido la humanidad, el tiempo es el peor de todos. Pero, ¿qué es el tiempo? Venga, dímelo. No hay huevos a definirlo sin mirar el diccionario. La realidad, si es que existe (aunque eso ya es otro tema), lo hace al margen del tiempo; el tiempo no es más que un molde que le ponemos a la realidad porque nos conviene… El tiempo es el único invento que no existe ni después de inventado. ¿Entonces, por qué nos lo hemos sacado de la manga? Pues porque el tiempo nos permite decir: esto ha ocurrido antes, esto otro está ocurriendo ahora, esto de más allá va a ocurrir luego… Pero, ¿quiénes somos nosotros para decidir lo que fue antes, lo que es ahora y lo que será luego? ¿Por qué no podemos morirnos antes de nacer? Si no nos hubiéramos inventado el tiempo, podríamos hacer cosas tan molonas como ésa.
No contentos con haber inventado algo tan molesto y perverso como el tiempo, encima ideamos formas de medirlo. Y ahí están los aztecas y los mayas haciendo calendarios precisísimos…, y Julio César, y Playboy haciendo calendarios también… Tampoco sé a quién le dio por dividir el año en días, y el día en horas (¿por qué veinticuatro?), y las horas en segundos (¿por qué tres mil seiscientos? Coño, ¿es que no había divisiones más sencillas?).
Pero lo que más me carcome el alma es el tema de los horarios. Esas tablitas de colores cutres hechas en Word que cuelgan en los tablones de anuncios de los centros de trabajo, de las universidades, de los colegios y demás instituciones. Para mí que los horarios son los instrumentos de dominación más peligrosos que existen… Los horarios controlan nuestra vida, y seguro que detrás de ellos hay un peligroso complot internacional.
Porque si no, no se explica que tengamos que levantarnos a eso de las siete de la mañana, hora arriba hora abajo (y estamos hablando de España, que en otros lugares son más exagerados todavía). Tal aberración debería ser denunciable. Los políticos deberían demostrar que sirven para algo promoviendo una ley que prohibiera que la jornada laboral y lectiva comenzara antes de las once de la mañana. Las once es una hora aceptable para comenzar a trabajar, o a estudiar… Pero, ¿las siete? Por favor, ¿qué broma es ésta?
Piénsalo bien. Si pudiéramos viajar hacia atrás en el tiempo para agarrar al gañán que lo inventó y pegarle cuatro pedradas y así evitar que condenara a la Humanidad a vivir por y para el tiempo hasta el fin de su existencia, todo sería mucho más fácil y divertido. Tu jefe no te despediría por llegar tarde (disculpe, yo no me he retrasado; usted es quien se ha adelantado), ni tu profesor te suspendería por no entregar a tiempo -otra curiosa expresión-, el dichoso trabajo de Lengua (¿que era p’al lunes? ¿Y ande queda eso?), ni tu novia te dejaría por no acordarte de vuestro aniversario (¿que llevamos un año juntos? ¿Y puedo preguntarte, cariño, qué coño es un año?).
Si es que el tiempo es una mierda, joder… ¿O no?
Media hora después te incorporas de golpe. Por algún extraño motivo que la razón humana no alcanza a entender, el despertador se ha desprogramado y se ha negado a sonar de nuevo. Llegas tarde. Llegas media hora tarde. Despertarte, vestirte, abrir la puerta y salir corriendo cortando el aire como un rayo es todo uno. Y en el coche, o en el autobús, o en el tren, o en el trolebús, o en el que sea tu medio de transporte habitual, piensas en la pedazo de peta que tu profesor, o tu jefe, o tu novio/a, o quienquiera que sea con quien hayas quedado, te va a echar encima por tu improcedente, imperdonable e injustificado retraso.
Te voy a decir algo. De entre todos los inventos absurdos, ridículos e inservibles que ha parido la humanidad, el tiempo es el peor de todos. Pero, ¿qué es el tiempo? Venga, dímelo. No hay huevos a definirlo sin mirar el diccionario. La realidad, si es que existe (aunque eso ya es otro tema), lo hace al margen del tiempo; el tiempo no es más que un molde que le ponemos a la realidad porque nos conviene… El tiempo es el único invento que no existe ni después de inventado. ¿Entonces, por qué nos lo hemos sacado de la manga? Pues porque el tiempo nos permite decir: esto ha ocurrido antes, esto otro está ocurriendo ahora, esto de más allá va a ocurrir luego… Pero, ¿quiénes somos nosotros para decidir lo que fue antes, lo que es ahora y lo que será luego? ¿Por qué no podemos morirnos antes de nacer? Si no nos hubiéramos inventado el tiempo, podríamos hacer cosas tan molonas como ésa.
No contentos con haber inventado algo tan molesto y perverso como el tiempo, encima ideamos formas de medirlo. Y ahí están los aztecas y los mayas haciendo calendarios precisísimos…, y Julio César, y Playboy haciendo calendarios también… Tampoco sé a quién le dio por dividir el año en días, y el día en horas (¿por qué veinticuatro?), y las horas en segundos (¿por qué tres mil seiscientos? Coño, ¿es que no había divisiones más sencillas?).
Pero lo que más me carcome el alma es el tema de los horarios. Esas tablitas de colores cutres hechas en Word que cuelgan en los tablones de anuncios de los centros de trabajo, de las universidades, de los colegios y demás instituciones. Para mí que los horarios son los instrumentos de dominación más peligrosos que existen… Los horarios controlan nuestra vida, y seguro que detrás de ellos hay un peligroso complot internacional.
Porque si no, no se explica que tengamos que levantarnos a eso de las siete de la mañana, hora arriba hora abajo (y estamos hablando de España, que en otros lugares son más exagerados todavía). Tal aberración debería ser denunciable. Los políticos deberían demostrar que sirven para algo promoviendo una ley que prohibiera que la jornada laboral y lectiva comenzara antes de las once de la mañana. Las once es una hora aceptable para comenzar a trabajar, o a estudiar… Pero, ¿las siete? Por favor, ¿qué broma es ésta?
Piénsalo bien. Si pudiéramos viajar hacia atrás en el tiempo para agarrar al gañán que lo inventó y pegarle cuatro pedradas y así evitar que condenara a la Humanidad a vivir por y para el tiempo hasta el fin de su existencia, todo sería mucho más fácil y divertido. Tu jefe no te despediría por llegar tarde (disculpe, yo no me he retrasado; usted es quien se ha adelantado), ni tu profesor te suspendería por no entregar a tiempo -otra curiosa expresión-, el dichoso trabajo de Lengua (¿que era p’al lunes? ¿Y ande queda eso?), ni tu novia te dejaría por no acordarte de vuestro aniversario (¿que llevamos un año juntos? ¿Y puedo preguntarte, cariño, qué coño es un año?).
Si es que el tiempo es una mierda, joder… ¿O no?
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