Las personas somos los seres más extraños que puedes echarte a la cara. Si no, no se explicaría la necesidad, exclusivamente humana, de disfrazarnos continuamente.
Un disfraz, en sentido literal, es un objeto o prenda de vestir que cambia nuestro aspecto físico, de forma que los demás nos ven externamente de forma distinta a como somos en realidad. A veces, un disfraz puede consistir simplemente en una careta, o una máscara que oculte una parte de nuestro rostro, o incluso en un antifaz, que sencillamente esconde nuestros ojos de miradas ajenas. Otras veces, en cambio, los disfraces son de cuerpo entero, de forma que apenas podrían reconocernos con él puesto.
De cualquier modo, los disfraces, en sentido literal, son mentiras de tela que nos ponemos puntualmente en carnavales o fiestas de la misma índole para reírnos y pasárnoslo bien. Pero, como habréis imaginado, no es mi intención hablar aquí de los disfraces “en sentido literal”.
Y es que podemos establecer fácilmente una analogía entre estos disfraces físicos o externos y los disfraces “emocionales” o psicológicos, y aquí es donde entra en juego la innegable rareza humana. Pues algún listillo podría decirme que los disfraces no son algo necesariamente humano, ya que algunas especies de camaleones y otros bichejos similares pueden camuflarse para protegerse de sus depredadores, y esto es un disfraz en toda regla, y ahí sí que estamos de acuerdo. Pero también estaremos de acuerdo, o eso espero, si afirmo que el ser humano es el único animal con la capacidad de reprimir impulsos y atenuar o suprimir deseos, inquietudes e inclinaciones. Y esto, en definitiva, es disfrazar nuestra personalidad. Imagínate que estás en un banquete de boda, o en una comida familiar a la que asiste gente que no conoces de nada (cosa curiosa, por cierto, pero que siempre suele suceder), y te apetece comerte la última croqueta que queda en el plato de las croquetas (¿pero qué cojones tendrá la última croqueta, digo yo, que nunca nadie se la come…?), pero no lo haces porque te da vergüenza, a ver si se van a pensar que soy un gumias, piensas, y te esperas a que llegue otro menos vergonzoso que tú y dé cuenta de la pobre croqueta en tu lugar. Analicemos qué ha pasado. Has dejado de hacer algo que querías hacer, voluntariamente pero a la vez un poco condicionado por una causa externa: la vergüenza, el qué dirán; con el único propósito de evitar que los demás conocieran tu verdadera intención: comerte la maldita croqueta con gula, saboreando hasta el último grumito de jamón, mientras los demás te miran con lágrimas en los ojos y cara de, tío, la quería yo, joder… Si eso no es disfrazar nuestra personalidad, que venga Dios y lo vea.
Podría poner mil ejemplos más. Nos disfrazamos cuando decimos “ya te llamaré”, y en realidad queremos decir “no te llamaría ni aunque me estuviera desangrando y fueras la única persona en el mundo capaz de hacerme una transfusión”. Nos disfrazamos cuando le hacemos la pelota a un profesor para que nos apruebe, o a nuestros padres para que nos den dinero, o a nuestro jefe para que nos suba el sueldo, y en realidad queremos que cumplan nuestros deseos de una vez por todas para acabar cuanto antes con el paripé. Nos disfrazamos cuando tratamos de usted al banquero a quien solicitamos un crédito que sabemos de antemano que no nos van a conceder, aunque en realidad estemos cagándonos en todo su santísimo árbol genealógico en sentido ascendente. Nos disfrazamos cuando invitamos a nuestros amigos de quita y pon a otra ronda aunque en realidad estemos deseando que se vayan a freír monas de una vez por todas. Etcétera.
De lo anterior se deduce que el disfraz más común es la amabilidad. En la inmensa mayoría de las ocasiones, nos mostramos amables porque nos sentimos obligados a ello. Renunciamos a la sinceridad por la amabilidad. Un mundo sin disfraces sería más sincero, más real, pero menos agradable, seguramente, y eso que la amabilidad no es el único disfraz que el ser humano viste habitualmente. Y si no, ahí está el disfraz del amigo desinteresado, el del graciosillo, el del enamorado empedernido, el del falso arrepentido…
Pero no nos entretengamos más de lo necesario, y sigamos con esta extraña analogía. Al igual que los antifaces y las máscaras en el caso de los disfraces que hemos convenido llamar “físicos”, los disfraces emocionales pueden cubrir una parte más o menos pequeña de lo que somos, como ocurría en los ejemplos anteriores, y éstos son los casos más comunes. Pero también puede ocurrir que los disfraces nos cubran de arriba abajo, que no dejen ver lo que somos realmente, a veces quizás algo, una pequeña parte apenas apreciable bajo un repliegue o a través de alguna transparencia, y otras veces nada de nada, decepción total, el disfraz se adapta a nosotros y oculta tan perfectamente nuestra personalidad, psicología y modo de ser, por diferentes que sean ambos (entiéndase, disfraz y personalidad), que resulta totalmente imposible saber qué se oculta detrás. A veces, no obstante, sabemos que una persona va disfrazada, pero somos los demás quienes no nos atrevemos a mirar debajo del disfraz, porque no nos interesa saber lo que hay debajo, o nos da miedo saberlo. Y ahí tenemos a los que, siendo malvados y perversos, se disfrazan de buenas personas, como el simpático pederasta que te regala chupa-chups si tienes menos de seis años,el humilde y servicial obispo que se limpia el culo con crucifijos de oro, o el político que promete el oro y el moro…, y al final sólo nos trae el moro.
Menos común, aunque no por ello inexistente, es el caso contrario, pues hay quienes se disfrazan de rebeldes sin causa cuando en realidad tienen un corazón que no les cabe en el pecho. En los casos más extremos, el disfraz adopta forma de navajas, peleas, drogas y cárcel. Pero siempre se puede dar marcha atrás, o casi siempre, porque a veces vamos tan disfrazados, tan mentidos, que olvidamos quiénes somos…, y olvidar quién eres es lo más peligroso que te puede pasar en la vida.
En cualquier caso, los disfraces, al igual que el tiempo, es un invento humano que no debería existir, pero que se ha convertido en un mal necesario… Yo no puedo ir a mi profesor, que me acaba de suspender injustamente, y decirle que prefiero dispararme en la rodilla a ver la cara de tumor que tiene, por muy a gusto que me quedara y por mucho que realmente lo sintiera… No siempre puedes mostrarte tal como eres, aunque de eso tenemos la culpa nosotros mismos, por habernos inventado los disfraces. Pero a veces pienso que abusamos de esas mentiras llamadas disfraces, y que probablemente el mundo sería un poquito mejor si nos los quitáramos de vez en cuando.
Un saludo.
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Te comentaba la similitud de esta metáfora que encontré con la película "La Máscara" de Jim Carrey, en la cual, en una escena se habla del mismo tema. El disfraz de cada persona, ya no solo ante la sociedad, sino ante distintos individuos dentro o fuera de su propio círculo.
ResponderEliminarUn profesor no es la misma persona fuera de clase que dentro. Dentro, es el profesor, fuera, será él, o cualquier otro disfraz que quiera ponerse.
No hay que descartar que también hay mucha gente que es quien es en todo momento, quizás por no tener miedo a esconder su propia esencia, aunque a veces, como queda dicho, creemos necesario mimetizar nuestro ser.
Dicen que siendo uno mismo se conquistan corazones, muchos secretos como este pueden estar en saber cuando utilizar o no un disfraz.
O no
Estoy de acuerdo con todo lo que has dicho, excepto en lo de que "hay mucha gente que es quien es en todo momento". Todos nos hemos disfrazado alguna vez. Hemos acordado que los disfraces son mentiras.
ResponderEliminarRealmente no conozco a nadie que no haya mentido nunca, que sea sincero todo el tiempo, que no haya intentado alguna vez aparentar algo que no es, porque normalmente así obtenemos algún beneficio (aunque a veces también nos disfrazamos sabiendo que va en perjuicio nuestro, y aun así lo hacemos, hay que ver qué raros somos...). Piensa, mi estimado Caño, que el simple hecho de mostrarte agradable con alguien con quien no te apetece serlo, o interesado en una conversación que realmente te importa poco o nada (situaciones que ocurren día sí y día también), ya es un disfraz con pleno derecho.
Acepto que existen personas que desnudan sus sentimientos la mayoría del tiempo (aunque para mí que son los menos), admito la existencia de la sinceridad, por supuesto, no siempre vamos disfrazados, y no siempre engañamos a todo el mundo; pero dudo que en la vida llegue a conocer a alguien que siempre, siempre, siempre y sin excepción se muestre a todo el mundo tal y como es. No obstante, no lo negaré del todo, ya que desde el principio quedamos que nuestra filosofía de vida iba a estar basada en el "o no".
Por otra parte, está claro que un profesor no es la misma persona fuera de clase que dentro, y esto es aplicable a cualquier otra dedicación o profesión. Las personas tenemos un gigantesco armario repleto de disfraces que vestir, algunos nos los ponemos más que otros, y otros apenas los usamos, pero al fin y al cabo esto es indiferente.
La película de "La máscara" no la he visto, pero si me la recomiendas intentaré sacar algo de tiempo para ella.
Un saludo. Espero poder comentar pronto tu nueva entrada.
Hola, he llegado a tu blog por casualidad la verdad, pero me ha parecido realmente interesante.
ResponderEliminarSobre el asunto, estoy totalmente de acuerdo contigo en el hecho de que todo el mundo utiliza disfraces, y bueno, también pienso que todo el mundo utiliza diferentes "disfraces" según el ámbito en el que se encuentre, pero en mi opinión uno no usa disfraces 24 horas al día, siempre acaba saliendo algo de "la verdadera esencia" por mucho que uno lo quiera esconder.
El que es "buena persona" por mucho que se disfrace asesino, no creo que sea capaz de pegarle un tiro a alguien sin ningún motivo, ya que su conciencia no se lo permitiría, y si lo hiciese los remordimientos le causarian malestar toda la vida.
Pero esto solo es mi opinión, un bloc genial, me iré pasando por aqui ^^
un saludo