Érase una vez un revisor de tren. Cada mañana, como siempre, con el uniforme de la RENFE y una sonrisa dibujada en los labios, un poco de cumplido, sí, pero a pesar de ello amable y sincera en cierto modo, el revisor va pidiéndoles el billete a los pasajeros, siempre anteponiendo una disculpa, como si no le gustara desconfiar, como si no le pagaran para desconfiar, perdone, podría dejarme ver su billete; por supuesto, aquí está; de acuerdo, todo en orden, gracias; de nada; adiós; adiós.
El revisor examina los billetes con cierta rapidez, pero sin acelerarse, sin agobiar, sin que parezca que le va la vida en registrar a todos y cada uno de los pasajeros del tren, como un policía vallecano en plena redada. Al pasear por los vagones, ve caras conocidas, algunas más jóvenes que otras. Los que portan carné de transporte son generalmente universitarios, a muchos los ve a diario, cómo no los va a reconocer, si cogen cada día el mismo tren, el de las ocho y cuatro, y ya ni siquiera se molesta en pedirles la documentación, para qué, si sabe que la tienen aunque no la lleven encima; a veces cruzan un par de palabras, qué tal lo llevas, joven (el revisor podría llamar al estudiante por su nombre, tiene una memoria prodigiosa, pero no lo hace por respeto, casi por humildad, también por si el estudiante se molesta, ya ves qué tontería, pero “joven”, de cualquier modo, es un adjetivo adecuado), bien, aquí con la química a cuestas, qué se le va a hacer; en fin, quién tuviera tu edad para poder estudiar; nunca es tarde; eso lo puedes decir tú, que tienes toda tu vida por delante, yo estoy mayor; no diga usted eso, nunca es tarde; sí, hijo, a veces es tarde, aunque duela reconocerlo, en fin, me voy a seguir revisando, suerte con eso, adiós, joven; adiós.
Bastantes veces le ha ocurrido al revisor encontrarse con gente sin billete ni carné ni bono alguno, y en estos casos es difícil encontrar dos reacciones iguales, algunos protestan al principio por lo bajo, pero acaban pagando; otros, piden disculpas; los menos, se dirigen a él cuando lo ven para pagar honradamente el precio del tique. Y un reducido grupo comienzan a despotricar contra la administración, contra la RENFE y contra los malditos revisores, y se niegan a pagar. Sólo un par de veces en toda su vida le ha tocado soportar situaciones así, de modo que tampoco puede quejarse demasiado.
Si algo ha aprendido el revisor es que no hay dos billetes de tren iguales. Fruto de la experiencia, está capacitado para comprobar la validez de un boleto en un vistazo fugitivo. Arriba, a la derecha, está escrita la fecha y la hora de compra. Si ésta está demasiado próxima a la hora de salida del tren, es fácil deducir que el pasajero ha llegado precipitadamente, al vagón, prácticamente al cierre de las puertas, denota, por tanto, impuntualidad, tal vez despreocupación. A veces el billete está arrugado: con probabilidad, el pasajero está nervioso. El número de billetes arrugados aumenta considerablemente en épocas de exámenes, y en junio a veces resulta difícil leerlos. En otras ocasiones, el cartoncillo está mojado y las letras borrosas, y eso puede significar que está lloviendo, pero, si en un rápido vistazo al exterior, el revisor observa que el día es soleado, el diagnóstico es menos satisfactorio, sobre todo si la humedad va acompañada de ojos llorosos.
Los billetes de tren pueden guardarse en mil sitios diferentes. Hay lectores que los emplean como marcadores de página provisionales; es frecuente que las chicas los saquen del bolso, y los chicos, del bolsillo o de la cartera. Los más despistados no se acuerdan de dónde los han metido, disculpe, señor, un segundo, le juro que lo tengo, pero no sé dónde; tranquilo, sin prisa; es que no sé dónde lo he podido meter…, ah, aquí está, tome; de acuerdo, todo en orden, gracias; de nada; adiós; adiós.
Tampoco es lo mismo un billete de cercanías que uno de larga distancia. Los portadores de los primeros suelen ser trabajadores o los ya mencionados estudiantes, que aprovechan las ventajas del transporte público y evitan los atascos, el no tener dónde estacionar y las demás desventajas de los desplazamientos en automóvil. Los segundos van más allá, tal trabajen más lejos, tal vez vayan a ver a la familia, o, quién sabe, tal vez quieran marcharse lejos, huir de lo cercano, olvidar…
Es curiosa la cantidad de cosas que la gente puede decirnos, consciente o inconscientemente, a través de las pequeñas acciones que realizan. Casi tantas como un billete de tren. Sólo es preciso saber leer entre líneas.
domingo, 29 de noviembre de 2009
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